Tías, la tierra que enamoró a Saramago

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Texto y foto de portada: Turismo Lanzarote

Si todo un premio Nobel de Literatura como José Saramago abandonó su natal y hermosa tierra portuguesa para establecer su hogar en Tías, ¿cómo no preguntarse los motivos? ¿Cómo no sentir una fogosa curiosidad por descubrir sus irresistibles encantos? Para ello, nos dirigimos a la que fue su morada, espacio de complicidad con la hoja en blanco convertido ahora en un regalo para el visitante, A Casa Museo José Saramago.

Una ventana a la vida de un hombre enamorado de la isla, de la que ejerció como perfecto embajador ante ilustres huéspedes como los literatos Susan Sontag, Carlos Fuentes, Gonzalo Torrente Ballester o Günter Grass. Temporalmente cerrada por el coronavirus, nos asomamos curiosos a su entorno. Cómo no sentirse emocionados al recrear el escritorio del que emanó “Ensayo sobre la ceguera” o el jardín donde él mismo plantó varios árboles con un íntimo significado. “Es una casa hecha de libros”, la definió en su día Saramago.

Continuamos nuestro recorrido cultural en la Ermita de Tías, un Bien de Interés Cultural del siglo XVII ubicado en el centro del pueblo que se ha vestido con los más variados disfraces a lo largo de su historia: además de su rol eclesiástico, también fue almacén de cereales y tomates, e incluso un acuartelamiento de soldados. Desde hace años, se ha convertido en un pequeño y acogedor refugio de pintores y escultores cuyas obras destacan sobre las paredes inmaculadas.

Satisfechos tras este baño de arte y literatura, nos dirigimos ahora hacia otro baño reparador, el del Océano Atlántico, que en pleno diciembre nos eriza la piel y nos calienta el alma. Disfrutamos de la tranquilidad de las aguas que bañan Puerto del Carmen, una de las localidades turísticas más importantes de Canarias con más de medio siglo de existencia. Sin embargo, los años no pasan por este enclave, que los turistas y residentes siguen eligiendo por su variada oferta gastronómica y comercial, así como por su animada vida nocturna.

Se nos antoja la marea en calma, una cómoda hamaca donde dejar la mente en blanco y una amable sombrilla que nos proteja si el sol otoñal decide apretar demasiado. El abanico de playas entre el que podemos elegir es abrumador: Playa Grande, Los Pocillos o Matag

orda nos ofrecen esta tranquilidad que es bien conocida por las familias. No resulta complicado atisbar a los niños construyendo efímeros castillos de arena mientras sus madres se relajan leyendo el periódico y sus abuelos se dan un tranquilo paseo por la orilla.

Nos sacudimos un poco de esta paz en Playa Chica o Pila de la Barrilla, donde nos enfundamos el neopreno y nos dejamos guiar por los expertos en submarinismo, que nos descubren unos fondos marinos de enorme belleza. La singularidad y riqueza de las cuevas del veril, declaradas Zona de Especial Conservación, nos asombra.

En La Catedral nos codeamos con peces araña, tapaculos, cangrejos de arena y peces lagarto. ¿Cómo describir las sensaciones que se experimentan bajo el agua? ¿Cómo poner palabras a la libertad de moverse casi sin gravedad entre anguilas jardineras mientras se desciende por una imponente pared rocosa? ¿Acaso se pueden explicar las cosquillas en el estómago cuando una flabelina de intenso color violeta emerge entre la oscuridad?

Pero nos han dicho que Tías no sólo mira al mar, sino que también nos regala hermosos pueblos interiores, en los que reinan la lava y los buenos vinos. Es el caso de Masdache, que descansa sobre las erupciones volcánicas que originaron hace casi tres siglos el Parque Nacional de Timanfaya. Disfrutamos de esta negra tierra que nos ofrece blancas uvas que se convierten en caldos únicos en el seno de centenarias bodegas. Nos asomamos también a Conil para asomarnos a su vez a la vecina isla de Fuerteventura.

Nos encontramos de repente en un mirador natural plagado de vides y aljibes en los que almacenar la necesaria y escasa agua. Terminamos este agradable recorrido rural en La Asomada, una localidad dedicada tradicionalmente a la agricultura. Observamos los cultivos enarenados y nos empapamos de la tranquilidad que transmiten sus pequeñas casas inmaculadas, que salpican una tierra que enverdece al instante cuando la lluvia hace acto de presencia.

Con tanta actividad, nos ha entrado hambre. Y mucha. Caminando por el agradable y amplio paseo marítimo de la avenida de Las Playas, llegamos hasta la zona de la Tiñosa. Nos sorprende este enclave por su toque tradicional, con sus construcciones de aire marinero. Observando el ajetreo del puerto, nos dejamos embriagar por el olor a pescado fresco y nos dirigimos hechizados hasta la cofradía para degustar pulpo a la plancha, lapas con mojo y cherne a la espalda con un vino malvasía de la isla.

Antes de alterar nuestro rumbo, nos atrevemos con unas clases de golf, decididos a mejorar nuestro hándicap con el mejor de los swings y con los volcanes y el océano como entregado público.

Decidimos terminar nuestro día observando el rosado atardecer desde el Barranco del Quíquere. Con los escarpines calzados para que ningún erizo de mar nos dé un incómodo susto, descendemos por las rocas para sumergirnos de nuevo en el generoso océano. Conmueve esta unión entre el hombre y la naturaleza. Nos entregamos a este salvaje lugar que nos reconcilia con nuestro lado más indómito, más auténtico y nos hace sentir en sintonía con el mundo. Un espacio del que nadie se querría marchar.

“Regreso a Lanzarote. La impresión, intensísima, de estar volviendo a casa”.
José Saramago
Cuadernos de Lanzarote I

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