De lugar de peregrinación a edificio en ruinas, el éxodo de la Ermita de San José en Teguise

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Fotos: Irene González

Una atenta mirada descubrirá diseminadas en las dilatadas llanuras de Lanzarote antiguas construcciones a medio derruir que, no mucho tiempo atrás, tuvieron una historia que contarnos a los habitantes del presente. Se trata de hitos historiográficas en la orografía isleña.

No todas estas ruinas tienen, sin duda, la misma enjundia, pero sí todas con la misma importancia en el conglomerado de lo que es Lanzarote hoy. Algunas sepultan bajo sus cimientos episodios trascendentes en el devenir de la isla. A escasos dos kilómetros de la Villa de Teguise, en una de las tierras más fértiles de Lanzarote, se pueden visitar los restos de la Ermita de San José, ejemplo claro de que la historia también se encuentra bajo las piedras.

Igual que pueda pasar con otros construcciones de la isla, muchos de los senderistas que rodeen el edificio no sabrán que estos restos fueron en su momento uno de los ejemplos de arquitectura tradicional más particulares dentro de los edificios religiosos de Lanzarote. Paredes arcillosas, mimetizadas con los tonos terrosos del paisaje, la Ermita de San José se sitúa en la Vega del mismo nombre. Fue construida en el siglo XVII por Don Diego de Laguna Ayala.

Don Diego de Laguna y Ayala

Nacido en Teguise en 1649, fue un potentado de la época que acumulaba para sí los títulos de Beneficiado de la Parroquia de Teguise, Vicario de Lanzarote, Comisario del Santo Oficio y Juez del Santo Tribunal de Cruzada. El terreno en el que se sitúa la ermita lo heredó de sus padres donde estos poseían un vasto cortijo que les proporcionaba buenos réditos.

Las ruinas de la ermita puedan dar una idea del tamaño de la construcción, pero lo que llama la atención a primera vista es el gran tamaño del aljibe y su colosal coladera en formato circular, que alcanza los cinco metros de diámetro, la cual recogía el agua de la lluvia (cuando llovía) desde el Lomo Blanco.

El edificio lo mandó a construir Don Diego de Laguna y Ayala en honor San José, santo que daba nombre a la vega donde se había asentado su familia. En origen era una capilla de uso privado. Contaba con un solo pabellón en cuyos laterales presidían las imágenes de San Isidro y San Agustín.

Coronando el edificio religioso, en su transepto, se situaba la pintura “Los desposorios de la Virgen”, atribuida al pintor barroco y granadino Atanasio Bocanegra. Hoy día, esta obra puede verse en el Museo Diocesano de Arte Sacro de Teguise.

Su papel en la sociedad lanzaroteña

La Ermita de San José ejerció un rol protagonista en el culto a Nuestra Señora de Las Nieves, patrona de Lanzarote desde 1725. Si bien es cierto que desde 1939 los festejos dedicados a esta virgen consistían en una subida en romería a la Ermita de Las Nieves, antes de esta fecha se procedía de manera distinta.

Era tradición bajar a la Virgen hasta la Iglesia de Guadalupe en La Villa. Y a veces también a la capital cuando Lanzarote sufría de cruentas sequías o plagas para solicitarle que las penurias pasaran lo antes posible.

Durante el descendimiento de la Virgen, la Ermita de San José actuaba de lugar de reunión entre los romeros que se sumaban a la procesión desde El Mojón y Teseguite, sosteniendo respectivamente las imágenes de San Sebastián y San Leandro. A veces, podían pasar allí la noche y emprender al día siguiente el camino hacia la Iglesia de Guadalupe donde la Virgen pasarían nueve días antes de ser devuelta a su templo.

Cuando los lanzaroteños fueron definiendo su fervor y devoción más hacia la Virgen de Los Dolores, sumado esto a las quejas eclesiásticas hacia los romeros de los que creían que hacía de la bajada más una fiesta que un acto religioso, fue cuando comenzó a perderse este culto en la tradición conejera. De hecho, la actual Ermita de Las Nieves es un diseño de los años 60 del arquitecto Enrique Spínola. El edifico original, después de aquello, se abandonó y acabó demoliéndose.

El edificio de la Ermita de San José

Desde los años 40, sus propietarios decidieron usar la ermita como garaje. A la Iglesia esto no le gustó y prohibieron celebrar, desde ese momento, actos religiosos en su interior. El cuadro de Bocanegra fue rescatado por Juan Melián, párroco de Teguise. Ya en 1951, sus dueños decidieron derrumbar las techumbres para extraer la madera y venderlas al mejor postor. Ahí fue cuando comenzó el abandono que ha llevado a conformar el amasijo de rocas, cal y barro que sirve como vestigio de lo que un día fue Lanzarote y de que la historia de esta isla, y del resto de lugares, se puede encontrar hasta debajo de las piedras.

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Comments
  • Yessica Garcia
    Responder

    Cuando pequeña íbamos con la catequesis y nos contaba la historia y merendamos allí. En un terreno sercano había una higuera donde jugábamos y nos sentábamos. La verdad que esa iglesia se debería de volver a construir, si no como iglesia si como historia de nuestro pueblo.

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