Winston Churchill, un manco y una carta

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‘Aislados’ viaja al pasado para inmortalizarlo. El autor decide qué extraer del anonimato para conseguir que los personajes intrahistóricos continúen vivos en el recuerdo de los lectores. El retrato de un lugar y un momento de Canarias en el que los protagonistas tienen solo nombres propios y no apellidos.

En la isla, palmera no es solo una especie botánica. Es también el gentilicio de las féminas. Con forma de corazón alargado, su orografía está herida en barrancos y tapizada en laurisilva. Una ínsula que invita a la contemplación del cielo, virgen de polución, y de la tierra, creada por la furia de ancestrales volcanes del Atlántico. Desde el año 2002 toda ella es Reserva de la Biosfera, siendo, tras Lanzarote y El Hierro, la tercera isla canaria a la que la Unesco distingue con esta protección. Relajada al sol desde el balcón de Europa, La Palma asumió ser el tercer puerto más importante del Imperio español, tras Sevilla y Amberes. También fue la primera isla de la región con luz eléctrica y donde se fundó el primer periódico. En sus laderas más áridas se sigue cultivando el goloso vino malvasía que fue elogiado por reyes y nobles europeos y que incluso mereció las exclamaciones de William Shakespeare en varias de sus obras. Poco más o menos
cuatro siglos después de esas líneas, a La Palma arribó el estadista y Premio Nobel británico Winston Churchill a bordo de un yate propiedad del magnate Aristóteles Onassis. Conocido fumador, atracaba en un lugar donde los puros representaban uno de sus productos más emblemáticos de la época. Luego de esta historia, sus palabras de alabanza por los puros palmeros fueron tales que los artesanos locales del tabaco bautizaron una de las variedades de cigarro con su nombre. En La Palma, en vez de fumar un habano, puedes fumar un Churchill.

Roque estaba a punto de cumplir veintinueve años cuando el ilustre inglés se presentó en Santa Cruz de La Palma. Como muchos otros artesanos del oficio, aprendió a hacer puros bien joven. Apenas con siete años se escondía de su padre, que quería que estudiara, y acudía a una fábrica para que le enseñaran a manipular el tabaco. Su padre Manuel se resignó a acogerlo en el negocio familiar y no transcurrió mucho tiempo hasta que empezara a ganar 115 pesetas a la semana, el doble de lo que solía traer a casa un padre de familia en otros trabajos de la época.

Tras la independencia de Cuba, las familias canarias que habían emigrado regresaron en masa a las islas trayendo consigo toda su experiencia y la menor o mayor fortuna que se habían labrado. Además, trajeron semillas de los campos de tabaco del Caribe, consideradas las mejores, lo que se tradujo en una actividad económica próspera que dio lugar a cientos de empleos. Este retorno de los emigrantes se conmemora todos los lunes de Carnaval en el Día de los Indianos, donde las calles de Santa Cruz de la Palma se llenan de hombres vestidos con guayabera, pantalón de lino blanco y sombrero panameño. Ellas se atavían con vestidos blancos de época, sombrillas con encajes y alhajas. Todos bailan al son de ritmos cubanos.

Era una mañana de febrero y Roque volvía de la playa rumbo a casa cuando un conocido le comentó que estaba prevista la llegada del yate. Lo que hizo a continuación fue olvidarse de su destino inicial y se dedicó a hacer correr la noticia. Roque no quiso perdérselo y en el puerto se hizo un hueco de cuclillas entre la gente que se agolpaba en las escalinatas. Le sorprendió el hecho de que ninguna autoridad, ni siquiera un guardia, hubiese ido a recibirles, pero la emoción hizo que todos allí no pararan de aplaudir a los eminentes turistas. En una falúa de servicio desembarcó Churchill apoyado en su ayudante y seguido por su esposa. Ya con pie en tierra firme y su inseparable puro, saludó a la multitud agitando su sombrero con la mano derecha. Cuesta hallar una imagen del político y escritor británico en la que no esté fumando un puro y Roque lo sabía, por lo que su iniciativa le llevó a acercarse al inglés para hablarle de las bondades del cultivo y manufacturación palmera. No lo consiguió y los visitantes se metieron en un taxi rumbo al sur de la isla, donde se detuvieron en Fuencaliente y en el cráter de San Antonio. Mientras sus acompañantes daban un paseo bordeando la formación volcánica, un renqueante Churchill no se bajó del taxi en ningún momento.

En el tiempo que los turistas ejercían como tales, Roque voló de regreso a casa para darle la vuelta al resultado de su fallida misión. Una vez bajo su techo, preparó esmeradamente el regalo con el que quería que el estadista abandonara tierras palmeras. Casualmente, un par de semanas antes Roque había recibido un encargo de cien puros de una personalidad local, trabajo que ya estaba terminado. Cogió veinticinco de ellos y los anilló en un mazo con la etiqueta de La Troya, que era la marca que había creado su padre. Eran veinticinco puros gordos, de los que fumaban los más sibaritas y también los más laboriosos de enrollar. Estaban hechos con hojas cultivadas en Las Breñas y en La Caldera, dos zonas de La Palma con condiciones de humedad perfectas para el crecimiento del tabaco. El ciclo productivo de estas hojas comienza con la preparación del semillero, continúa con las plantaciones y termina con su fermentación en pilones. Luego llega el turno de los artesanos, a los que se les conoce como chinchaleros, que convierten el producto natural en puros. Su propósito al mezclar las hojas y transformarlas es conseguir un cigarro de quemado parejo y una ceniza blanca que es muy apreciada por los fumadores.

De Roque destacaban que era un gran conversador, entusiasta de las tertulias, y además una persona cariñosa y generosa con el resto. De él, un periodista escribió que bien podría ser un personaje de Gabriel García Márquez, capaz de contar historias desde cualquier ángulo y con profusión extrema de detalles. Por su parte, de Churchill existen cuantiosas evidencias de undesarrollado
sentido de la ironía y del humor que contrastaba con su imagen pública más bien sobria y hasta gruñona. Como ejemplo, apodado por los ingleses como el bulldog británico, en una pared de su residencia colgaba una caricatura suya en la que su cabeza había sido adherida al cuerpo de un perro de esa raza. Ya de vuelta en el muelle, Roque estuvo esperando más de una hora hasta que los turistas volvieron para subirse de nuevo al barco. A su encuentro con Churchill, esta vez sí, le explicó que había estudiado inglés cuatro años en el colegio, pero que, como su profesor era americano, sus habilidades no pasaban de un nivel tarzánico. Excusa o no, se hizo entender y le entregó la caja con veinticinco de los puros más gordos. El inglés se los aceptó, se echó a reír y se marchó agradecido.

Luego del agasajo, hubo que rendir cuentas con el taxista que les había paseado por el sur de La Palma, encontrándose con que el chófer se negaba a cobrar por el servicio. Complacido, Churchill envió a uno de sus asistentes al navío para que desembarcara una caja de puros habanos y se la obsequió al taxista. Al proponer el conductor que le escribiera una dedicatoria en la tapa, el político le preguntó por su nombre. “Nelson”, replicó. Churchill, maravillado por la coincidencia de nombre con el del héroe naval inglés, que además perdió un brazo en una batalla en Tenerife, le escribió: “De Churchill a Nelson. Paradojas de la historia”. La caja se conserva en los fondos del Cabildo en la capital palmera, donada por la familia del taxista.

Pasadas unas semanas de la ilustre visita, el cartero pasó por la fábrica de tabaco preguntando por el padre de Roque. Había llegado una misiva a su nombre debido a que era el que aparecía en la etiqueta de la marca de la caja que zarpó de La Palma. El remitente, cómo no, era el celebérrimo bulldog británico desde Londres. Reiteraba su agradecimiento y les hacía saber que la calidad de los puros era suprema. A Roque no le sorprendió ya que tenía claro que los puros de La Palma eran los mejores del mundo, de ahí su obstinación en la tarea.

Ocho años después, una extraña enfermedad vegetal arrasó con los cultivos de tabaco en la isla, provocando una infecta herida en muchos hogares y en la tierra volcánica que les daba de comer. Tardó en curarse, pero lo hizo. Durante su vida, Roque se dedicó a muchos otros oficios, pero no dejó de fabricar puros. En sus últimos años, y desafiando a su médico, ya sólo lo hacía para él. Las semillas no son las mismas que se plantaban cuando era joven e iba a darse un baño a la playa en las mañanas de febrero, pero sí que continúan siendo apreciadas por los fumadores de todo el globo. De hecho, La Palma se ha mantenido como el último reducto a este lado del Atlántico donde no sólo se cultiva tabaco, sino donde los puros se elaboran de manera artesanal.

SOBRE EL AUTOR

Eduardo Santana es un gestor cultural grancanario afincado en Madrid y con experiencia en centros de artes escénicas en ambos lados del Atlántico. Con frecuencia semanal, nos zambullirá en la realidad del archipiélago utilizando a relevantes personajes de la cultura como pretexto.

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