The Beatles, un socorrista y unos pantalones

 En Aislados, Música, Noticias

‘Aislados’ viaja al pasado para inmortalizarlo. El autor decide qué extraer del anonimato para conseguir que los personajes intrahistóricos continúen vivos en el recuerdo de los lectores. El retrato de un lugar y un momento de Canarias en el que los protagonistas tienen solo nombres propios y no apellidos.

A Hard Day’s Night

Era un avión con turbohélices, de los que ya no se ven en los aeropuertos comerciales. A bordo, sólo diecisiete pasajeros. Lennon, McCartney, Harrison y Starr pisaron Tenerife a media tarde, con el sol todavía alto y las gafas de sol puestas. Además, lucían toreramente unas monteras que les habían regalado como guiño al país al que llegaban. En la terminal, una marabunta de adolescentes corría de un lado para otro intentando verlos de cerca. Muy complicado. La policía franquista, los llamados grises, amenazaba con porras e impedía a los seguidores aproximarse. Aun así, era esperanzador que, en el estricto estilo de vida impuesto por el régimen, se abriera una fisura de modernidad con la llegada de los cuatro rebeldes melenudos que aterrizaban en Canarias para revolucionar el panorama. Tanto revuelo y confusión en el aeropuerto incluso provocó que un agente del orden tomara a Starr por un admirador más ya que la forma de vestir del baterista y sus pelos no le distinguían mucho de los fans allí agolpados. Un sargento que se había estudiado durante días las caras de los cuatro músicos tuvo que enmendar la situación, pero el británico acabó sufriendo una embestida brutal por parte de quien debía protegerle.

Del aeródromo se desplazaron en un Cadillac a uno de los vistosos hoteles que se acababan de construir en el floreciente Puerto de la Cruz, la zona más turística de la isla. Cuatro suites con todo lujo de detalles y vistas al Atlántico. Aunque contaban con un ejército de guardaespaldas apostado en el exterior de las habitaciones, permitieron amablemente a muchos periodistas acceder a ellos. La cantidad y calidad de las fotos que se conservan es maravillosa, aunque no tanto las preguntas que les formularon. “¿Con qué frecuencia se cortan el pelo? ¿Les gusta España? ¿Tienen el pelo asegurado?”. Ridículo. Como sólo iban a estar tres noches en Tenerife, el discreto e introvertido Harrison intentó salir a explorar los alrededores varias veces, pero el acoso local lo hizo imposible. Por su parte, a McCartney le llamaban mucho la atención las piscinas seminaturales del Lido, que estaban enfrente del hotel y servían como punto de encuentro de la comunidad extranjera entre copas, comida y música en vivo. Obviamente, el bañador tampoco pudo salir de su equipaje. Lennon, que era el más rebelde de todos ellos, se resignó a montar fiestas en las propias habitaciones, despertando las iras del resto de huéspedes a los que poco importaba que fueran The Beatles los que turbaban su descanso.

Antes del concierto en la plaza de toros de Santa Cruz de Tenerife, la banda se vio obligada a salir por la puerta de servicio del hotel para huir del colapso ocasionado en la calle por los fans canarios. De poco valió y los embistes de los admiradores para poder tocar a los británicos fueron hasta violentos. Sorteando el griterío y la histeria colectiva lograron introducirse en los vehículos, pero los pantalones de Lennon acabaron tan arrugados de los tirones que tuvo que intercambiarlos con los del director del hotel, que los acompañó al concierto.

La beatlemanía en la isla picuda estalló definitivamente cuando la banda se subió al escenario y la locura se adueñó de unos espectadores que no dejaron de agitar sus cabezas. Salieron sin hacer pruebas de sonido y aguantaron una hora en las tablas, tiempo más que suficiente para extasiar al público. El concierto más mediático de la historia del archipiélago. Después de aquello, empacaron y enfilaron directamente al aeropuerto igual de pálidos como llegaron, sin haber podido tostarse al sol de Canarias. Con nostalgia, son muchos los tinerfeños que aún atesoran recuerdos de aquel sueño. Entradas plastificadas, prensa del día siguiente, fotos, discos y toda clase de parafernalia ¡Qué noche la de aquel día!

Help!

Era un avión con turbohélices, de los que ya no se ven en los aeropuertos comerciales. A bordo, sólo diecisiete pasajeros. La totalidad eran viajeros ingleses atraídos por un destino turístico que comenzaba a estar en boca de todos en Gran Bretaña. Entre ellos, Paul, George y Ringo. Acababan de terminar la grabación de su primer disco y su mánager les concedió unas vacaciones que los jóvenes aprovecharon para descansar diez días en Tenerife. John prefirió irse de vacaciones a Torremolinos y no viajó con el resto de la banda. Los tres músicos tenían planeado pisar la isla a media tarde, con el sol todavía alto, pero sufrió un retraso que dejó a la pareja de amigos que le esperaban en la terminal muy preocupados conduciendo de vuelta a casa. Afortunadamente, Paul, George y Ringo tocaron en mitad de la noche a la puerta de aquel chalé perdido en la zona agreste del pueblo de Los Realejos. Habían cogido un taxi y aceptaron con júbilo la sencilla y bohemia residencia que les ofrecían sus amigos, que ni siquiera tenía luz eléctrica instalada.

Pese a que en esa primera noche no pararon de hablar, también tuvieron tiempo para compartir el disco que acababan de grabar, que era el primero de sus carreras, ilusionados en que llegara a coronar las listas de éxitos. Eran unos zagales veinteañeros curtidos en garitos y con ambiciones todavía relativas. Alrededor de las cinco de la madrugada, el discreto e introvertido George sugirió veladamente salir a explorar los alrededores en el coche de su anfitrión, cosa que hicieron. Las vistas panorámicas del valle de La Orotava les cautivaron y animaron a explorar Tenerife en los sucesivos días. Era tanta la tranquilidad de la que disfrutaban que hasta les perturbaba. Dos coches fueron necesarios y, mientras George no soltó uno de los volantes, el otro fue para Ringo. Con blusas claras y pantalones tan cortos que se confundían con bañadores, recorrieron Las Cañadas del Teide y se acercaron al Drago Milenario de Icod de los Vinos. Visitaron varios pueblos y no dudaron en remojarse en las playas que se iban encontrando. Por supuesto, honraron el más clásico de los clichés del turista británico y su desafío al sol les costó que se quemaran la piel hasta límites febriles. George no fue capaz de dormir un par de noches, sin ir más lejos. Por si fuera poco, Paul estuvo a punto de ahogarse en el mar en una mañana de fuertes corrientes de no ser por la intervención de un socorrista. “Help!”. Casi no lo cuenta.

Antes de que optara por otro destino, John había convencido a los chicos para llevar las guitarras a Canarias por si se terciaba alguna actuación. En Tenerife no eran más que unos muchachos desconocidos con el pelo más largo para las costumbres de la época, pero igualmente se acercaron a hablar con el dueño de la sala de fiestas más importante del Puerto de la Cruz para ofrecerse a actuar gratuitamente. El Lido, en las piscinas seminaturales que servían como punto de encuentro de la comunidad extranjera entre copas, comida y música en vivo. Con esos estrafalarios peinados y caras mancebas, el propietario los observó detenidamente, tan melenudos, y les exclamó que el local no era apropiado para ellos, que recibía a una clientela distinguida y se atrevió a calificar como ruido a su música sin antes escucharla. A Paul le disgustó este rechazo casi tanto como su angustiante encuentro con el socorrista en el mar.

Y allí estaban esos tres jóvenes anónimos, perdiéndose por el Puerto de la Cruz, comprando frutas, verduras, artesanías y hasta un sombrero cordobés que adquirió Ringo. Antes de volver a Londres, tuvieron la oportunidad de asistir como público a un par de corridas en la plaza de toros de Santa Cruz de Tenerife, viendo el albero desde las gradas más altas. Acabaron las vacaciones y a los pocos días el disco que habían grabado antes de relajarse en el archipiélago canario alcanzó por primera vez el número uno de las listas. El sencillo “She Loves You” que lanzaron al mes siguiente se convirtió en el más vendido de la historia hasta el momento en el Reino Unido. La beatlemanía había estallado en el mundo.  En tan sólo ocho años y con una producción de trece álbumes de estudio, The Beatles conquistaron un mundo del cual se dice no pasa un segundo en el que no deja de sonar su música.

Here Comes the Sun

Colocar en entredicho los sucesos de la primera historia es un acto de conciencia y espíritu crítico. Toda esa algarabía aconteció, pero en otro tiempo y en otros lugares. La versión de la historia en la que el astro rey se cebó con las lechosas pieles de los muchachos de Liverpool se ajusta a la realidad, por mucho que cueste creerlo. Tal vez sólo fuera una señal proveniente de
las cotas que estaban a punto de alcanzar. Un adelanto desde lo más alto.

 

SOBRE EL AUTOR

Eduardo Santana es un gestor cultural grancanario afincado en Madrid y con experiencia en centros de artes escénicas en ambos lados del Atlántico. Con frecuencia semanal, nos zambullirá en la realidad del archipiélago utilizando a relevantes personajes de la cultura como pretexto.

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Comments
  • Alejandro Domene Rodriguez
    Responder

    Me gusta tu recreación de la visita de Los Beatles a Tenerife que desconocia que estuvieran. Una pena que no tuvieran libertad para disfrutar de una Isla tan maravillosa. Vaya agobio con tanto fan.

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