Saramago, las gerias y un huevo frito

 En Aislados, Letras, Noticia Principal

‘Aislados’ viaja al pasado para inmortalizarlo. El autor decide qué extraer del anonimato para conseguir que los personajes intrahistóricos continúen vivos en el recuerdo de los lectores. El retrato de un lugar y un momento de Canarias en el que los protagonistas tienen solo nombres propios y no apellidos.

Entre los malintencionados párrafos que escriben algunos periodistas y lo confuso que es ya de por sí el mundo, leer el periódico antes de desayunar puede provocar náuseas y mareos. El desayuno es importante, la historia de cada día comienza con él. El gesto adormilado concede al ritual una extraña cortesía. Hacerlo en silencio, y leyendo la prensa, es como el rito del aseo íntimo. Pocos momentos hay tan sagrados y personales. Una deliciosa liturgia en la que nos resistimos al reclamo del día por delante y las ideas se perciben como aromas. En casa de José, se desayunaba pan y aceite, café, yogurt, fruta y té. Siempre en la cocina o su terraza. Aunque ejerció el periodismo muchos años, él era escritor. Exclamaba que cuando uno lee una obra maestra se es mejor persona, ha vivido otra vida. En cambio, si se lee un buen reportaje sólo se está mejor informado. De la misma manera, en un ejercicio de realidad venenosa, le sumaba que el principal trabajo de un escritor no es dar una opinión sino decir la verdad.

La cocina de “A Casa” es un lugar empoderado. Un espacio de encuentro y bienestar destacado en intenciones por una mesa y seis sillas. Los muebles que abrazan su perímetro son de madera tradicional y grandes cristaleras. Toda ella se abre al mar de Lanzarote a través de una puerta doble que da acceso a la terraza y permite entrar la luz. En una esquina, casi como una escultura, descansa una máquina de hacer café. Beber café para José era parte de un ritual de convivencia entre semejantes que se miran a los ojos para compartir. Una significación mágica y sensorial que unía a las personas entre sí y con la casa. No se trataba de ingerir un líquido caliente y aromático. Todos eran allí comensales, contertulios, invitados y librepensadores al mismo tiempo. El café, solo de su tierra natal, de Portugal.

Recorrer la isla como se recorre un cuerpo tumbado al sol fue una experiencia que José y Pilar, su esposa, afrontaron en pareja y aprovechando las numerosas visitas que recibían. Con ellos, el magnetismo de Lanzarote se acrecentaba. En su cocina se sentó mucha gente que para salir adelante necesitaba comunicarse con alguien que les diera un empujón. Artistas, profesores, jueces, activistas o políticos. Los conflictos podían no resolverse, pero se forjaban ecos de entendimiento. Lanzarote es hija de un volcán que sepultó un tercio de su territorio hace tres siglos y que se secó orgulloso al viento y la calima para regalar el Parque Nacional de Timanfaya. Cuando la novelista Susan Sontag visitó el pedregoso paraje junto a José, esta experimentó una visión delirante por inesperada, como un desorden de la imaginación que le hizo dudar de sus retinas. Había viajado a la isla para presentar un libro ambientado en Nápoles y su volcán. Afirmó que si hubiera tenido esta visión antes de escribirlo habría relatado algo diferente. Su historia provenía de los sueños y en Timanfaya encontró la realidad. Su asombro fue a más al ver cómo un huevo se cocinaba con el calor que salía de la tierra. En este mar de cráteres y oquedades, la temperatura a diez centímetros bajo el suelo alcanza los 160 grados. A diez metros son 400. Hasta el paisaje rojizo y sombrío de Timanfaya se acercó José con muchos otros.

Con el tiempo, las cocinas han venido haciéndose pequeñas. Ya casi no caben ni el microondas ni el frigorífico. Mesas y sillas están en extinción. Para José, la cocina era también lugar para sentirse acompañado y aprender, no solo ser anfitrión. Una lonja de conocimiento. Los muebles de la suya están colmados de lozas que recuerdan su andar por los cuatro puntos cardinales y la escasa pared a la vista sostiene cuadros de amigos artistas. También hay espacio para teteras traídas desde China, utensilios clásicos y cuencos para tres perros. Por la terraza se cuela la brisa ensalitrada que recuerda la esencia atlántica de la isla y sus gentes. En el cabecero de la mesa que le enfrentaba con el exterior se sentaba José, con el mar como horizonte, que es la única frontera que conocen los canarios. Sin fronteras era como soñaba José a España y Portugal en un proyecto común que se desprendiera metafóricamente del resto de Europa, pero tirando de ella con una soga, y se acercara a África y Sudamérica. Una Iberia flotante. Hacer del Atlántico Sur una cuenca cultural plural basada en el respeto y en una ética que pudiera frenar los procesos de destrucción a los que percibía estamos sometidos. Pronosticaba una fuerza de desarrollo enorme para esta alianza transatlántica hervida en multilateralidad y aliñada con ideas humanistas. De este modo, el refugio de la casa del municipio de Tías se utopizaba en cuartel general donde convergían los espíritus de tres continentes.

Las montañas de fuego de Lanzarote generaron un sólido vínculo con José. Una de sus favoritas era el volcán del Cuervo, situado entre Timanfaya y la zona vitivinícola de La Geria. En la postal del cráter contrastan las formas rocambolescas con una paradójica presencia vegetal. Liquen, tabaibas y verodes. La paleta que colorea su perfil lunar viaja desde el negro fundido en ocre al rojo del fuego. Con presencia destacada, en el despacho de “A Casa” se conserva una foto que Sebastião Salgado hizo a José y Pilar saliendo de ese mismo cráter, ambos agarrados de la mano batallando contra el viento. Salgado ha viajado a más de 100 países por sus proyectos fotográficos y ha sido reconocido como uno de los mejores fotógrafos del siglo. Después de aquella excursión, el fotógrafo desplegó sobre la mesa de la cocina las capturas de su trabajo por el mundo. Aunque José expresó que las fotos ya lo contaban todo, accedió a escribir los textos de una futura publicación que denunciaba la situación de las poblaciones humanas desterradas.

Cuando Mario Vargas Llosa y José tomaron café, sólo este último había sido galardonado con el premio Nobel. Al peruano le tocaría esperar un año para recibirlo. Compartieron momentos entrañables departiendo sobre literatura y política. Sin duda, las charlas en esa cocina con José Luis Sampedro tuvieron que ser las más enérgicas. A los dos les avivaba el enfrentamiento con el poder y la creencia de que cada uno de nosotros es una superpotencia. La sobremesa con Juan Goytisolo se alargó gustosamente en el recuerdo de José por la revelación que le supuso sobre el alma humana. No hablaron sobre libros y sí de cómo el tejido cultural de un país puede impregnarse de intolerancia y xenofobia sin que nos demos cuenta. Poco tiempo después, José amagó con abandonar el archipiélago si el Gobierno regional no acogía a los inmigrantes africanos que llegaban en riadas de pateras. Rindió también visita el mexicano Carlos Fuentes, que quedó cautivado por la armonía entre arquitectura y naturaleza que hacen de la isla un lugar que apenas se parece a nada. De hecho, un par de años después ambientó un capítulo de una de sus novelas en Lanzarote. Definitivamente, José se mimetizó con el paisaje. Era parte del volcán y así lo transmitió con devoción a sus colegas escritores: “Canarias no es mi tierra, pero es tierra mía. No es el lugar donde nací, pero sí del que me enamoré y el que elegí para vivir.”

La forma más habitual de cocinar el pescado en Lanzarote es a la plancha, abiertos a la espalda, con ajo y perejil, bañados en mojo verde y acompañados de papas arrugadas. A José le encantaba el pescado, especialmente el bacalao. En su cocina y en las de la isla paladeó sardinas, bocinegros, sargos, chernes, corvinas y viejas. Otras de las especialidades locales son las lapas, también servidas con mojo verde, y las clacas, que son menos habituales, pero guardan todo el sabor del mar. Tierra adentro, los campesinos se enfrentaron al volcán, al viento y a la escasez de agua ingeniando una original forma de sembrar las vides. En unos hoyos cubiertos de ceniza volcánica, llamadas gerias, y resguardadas del viento por muros artesanales de piedra, las cepas crecen y otorgan a la uva malvasía ese sabor característico. La bodega más célebre, la de El Grifo, es también una de las más antiguas del país. Además de por la amistad que le unía con su dueño, y su gusto por el vino, José la frecuentó mucho hasta acabar escribiendo el prólogo del libro que conmemoraba su 225º aniversario. La uva malvasía regó muchas cenas y conversaciones en la cocina con otras almas inquietas como Almodóvar, Bertolucci, Mastretta, Galeano…

Si los detalles marcan la diferencia, José era único. Tomaba nota en su diario del nombre de todos los periodistas con los que se sentaba cuando lo general es que los entrevistados desconozcan el nombre de sus entrevistadores. Siempre tomó partido por las personas, por todas, por eso su vida y ejemplo deben ser necesarios frente a cualquier discurso de exclusión y odio. En este sentido, José no cambió demasiado con la edad, en todo momento vio el mundo necesitado de revolución. Cuando viajaba, no lo hacía para presentar sus libros sino para contar el mundo. A la vez, el mundo viajaba a su cocina de Lanzarote. Cuando nos reunimos para comer y beber, nos igualamos con nuestros semejantes. Todos comemos y bebemos de la misma forma, por lo que no hay lugar para los prejuicios. Las creencias, colores de piel e ideas carecen de importancia en el ritual de sentarse a la mesa.

El desayuno es importante, la historia de cada día comienza con él. Una mañana de junio, la historia de José terminó después del café. Después de una conversación con Pilar, se retiró a la habitación y dejó a Lanzarote huérfana de su cuartel general del entendimiento. Desde mitad del Atlántico los quejidos de Sudamérica y África se escuchan mejor, tierras que José Saramago sentía como suyas también. En Lanzarote construyó un templo de concordia y un refugio para la cultura. “La noche de Lanzarote es cálida, tranquila ¿Nadie más en el mundo quiere esta paz?”, escribió en su diario.

SOBRE EL AUTOR

Eduardo Santana es un gestor cultural grancanario afincado en Madrid y con experiencia en centros de artes escénicas en ambos lados del Atlántico. Con frecuencia semanal, nos zambullirá en la realidad del archipiélago utilizando a relevantes personajes de la cultura como pretexto.

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