Raquel Welch, una amigdalitis y una feria de caballos

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‘Aislados’ viaja al pasado para inmortalizarlo. El autor decide qué extraer del anonimato para conseguir que los personajes intrahistóricos continúen vivos en el recuerdo de los lectores. El retrato de un lugar y un momento de Canarias en el que los protagonistas tienen solo nombres propios y no apellidos.

El Cine lleva alimentando el imaginario erótico colectivo desde sus inicios. El festín lo inició Hedy Lamarr y el primer desnudo en pantalla de la historia en “Éxtasis”. Continuó con el guante de Rita Hayworth en “Gilda” y no paró con la falda de Marilyn Monroe en “La tentación vive arriba”. Así fue siempre hasta que llegaron los penes de Michael Fassbender y Javier Bardem en alta definición. Curiosamente, los glamurosos apelativos por los que conocemos a estas actrices son un artificio que esconden sus nombres reales. Por su parte, con los actores no sucede lo mismo y se les identifica sin trampas de por medio.

Domingo nació en 1915 en la localidad tinerfeña de Puerto de la Cruz, fruto del amor de sus padres, Domingo y Dominga. Con cinco años de edad, emigró junto a ellos a California y su español pronto se disolvió en el inglés provocando que el primero se convirtiera en macarrónico y el segundo en cómico. La degradación de las rutas comerciales marítimas durante la I Guerra Mundial afectó a muchas familias canarias que tuvieron que hacer el petate y marchar al continente americano. En la tierra donde los platós y los focos empezaban a erigir la magnética industria del cine, Domingo probó suerte con el anglosajón, y más fácilmente pronunciable, nombre de Tom. Paradójicamente, luego pasó a la posteridad con el hispano nombre de Don Diego.

Haciendo honor a la verdad, la carrera cinematográfica de Domingo no fue muy reseñable en términos artísticos. En pantalla, y de manera fugaz, aparece casi siempre adoptando el papel de hispano que pasaba por allí. Más que un actor secundario fue un intérprete con ocasionales líneas de diálogo. Si por la relevancia de su trabajo no destacó, sí que lo hizo por la cantidad, ya que no dejó de participar durante décadas en muchas películas y series de televisión. Siempre encasillado en la misma clase de roles, hizo de su cara un rostro muy reconocible entre el público estadounidense.

Al término de la II Guerra Mundial, los soldados norteamericanos regresaron a casa victoriosos y extendiendo su ánimo festivo por todo el país, por lo que muchos promotores se motivaron para organizar eventos de esparcimiento. Uno de los de más magnitud comenzó a celebrarse en la californiana San Diego, donde anualmente, y durante cuarenta años, Domingo desempeñó el papel de Don Diego, el carismático presentador de la feria de caballos más grande de Estados Unidos. A los organizadores del espectáculo se les ocurrió la idea de contratar a un artista para promocionar el acontecimiento y la imagen que buscaban era la de un caballero de origen latino que fuera elegante y sonriente y que acogiera a todos los visitantes con el sombrero en la mano. Una especie de anfitrión. Al grito de “¡Bienvenidos, amigos!”, Domingo se alzó como uno de los símbolos de la ciudad costera y su figura se utilizó para la totalidad de los actos promocionales de la feria. El Don Diego que trazó el tinerfeño se convirtió en el papel de mayor duración de la historia del espectáculo estadounidense y todavía se le recuerda en la ciudad con una estatua de bronce de cinco metros de altura.

Como maestro de ceremonias de la popular cita, a Domingo también se le encomendaba la tarea de elegir a las galardonadas de las distintas categorías del concurso de belleza femenina que se celebraba aprovechando la gran audiencia asistente. Desde una óptica presente, estos certámenes son como una frágil burbuja de jabón que se rompe inmediatamente si decidimos analizarnos, pero lo cierto es que en el pasado significaron una plataforma para muchas mujeres. Entre caballos, alfalfa y abundante público masculino, una adolescente también de rasgos latinos y presencia muy natural arrasó en una de las ediciones haciéndose con los títulos de Miss Fotogénica, Miss Figura Perfecta y Miss Reina de la Belleza. Tres de tres. Si la ganadora, de nombre Raquel Tejada, ya gestaba sus pretensiones de comerse el mundo, este hito de seguro le imprimió aun más carácter y autoestima. De Tejada, Domingo afirmaba que era una chica ambiciosa y la más soñadora de todas sus “reinas”. Tenía muy claro que quería ser una estrella y fue Domingo quien la llevó a Hollywood para que le hicieran una prueba en los estudios de la Warner Bros. Literalmente, le dijo al canario: “Tú ponme el primer escalón, aýudame a dar ese paso, que yo haré sola el resto”. Por los mismos motivos que el actor tinerfeño, pronto esa chica pasó a ser conocida como Raquel Welch, quien se convirtió luego en uno de los iconos sexuales más célebres del siglo XX.

La leyenda de Raquel Welch se construyó sobre los sólidos cimientos de la verdad. Si existiera, que alguien comparta el nombre de una estrella de Instagram que pudiera resistir dos horas de escena en paños menores con apenas un poco de maquillaje. Es así como la película “Hace un millón de años” transcurre, con Welch corriendo de un lado para otro sin más ropa que un bikini de piel de cabra y huyendo de dinosaurios y monstruos de dudosa credibilidad. El cartel publicitario, con el escueto bañador como protagonista, cobró incluso mayor fama que la propia
película y a la actriz se le empezó a conocer desde entonces como el Cuerpo. Aunque no cuenta con rigor histórico alguno y el argumento del filme no puede ser más simple, la producción fue en su día la expresión más innovadora del Hollywood de ciencia ficción. Además, con la excusa de resaltar la belleza más carnal y genuina de la protagonista, se buscó un emplazamiento de rodaje lo más natural y virgen posible, por lo que la Canarias de los sesenta fue la elegida. El paisaje insular normalmente sido demandado por el cine para recrear épocas prehistóricas y planetas lejanos para reforzar la idea de aislamiento o, simplemente, como decorado de exótica belleza. En este caso, las razones fueron ambas. Lanzarote, Gran Canaria y Tenerife, la isla de Domingo, su descubridor, fueron las escogidas.

En el invierno de Las Cañadas del Teide, rodó la estadounidense muchas escenas vestida de cavernícola. Con el cuerpo lleno de penicilina, desarrolló una amigdalitis que fue a más a medida que el rodaje transcurría. Incluso bajo nieve a más de dos mil metros sobre el nivel del mar. El equipo se alejaba tanto del resto de la civilización como era posible y el hotel más cercano no estaba sino en las faldas del volcán, cerca de la costa. A pesar de ello, muchos curiosos se acercaron a ver de cerca cómo se filmaba esa famosa cinta sobre la que todos hablaban en las tertulias de los guachinches de Tenerife. Cuando llegaban, su sorpresa era máxima al ver a la actriz con tan poca ropa y se ponían a mirar al cielo para disimular. Ver a una mujer de esa forma no era algo común en la época. Después de aquello, Welch tuvo una carrera larga y recompensada con premios y reconocimientos.

Con las mejores intenciones, Domingo, criado en la zona turística de Puerto de la Cruz, le había trasladado las virtudes climáticas de Tenerife a su amiga Raquel, por lo que las bajas temperaturas que recibieron a la actriz en la isla picuda fueron una sorpresa ingrata que esta todavía recuerda. En el ocaso de su carrera, Domingo se desplazó a la isla con periodicidad anual y llegó a rodar varias películas en la Península. Sin embargo, durante su vida ya había viajado con no tanta regularidad a su tierra natal para visitar a sus familiares tanto por la parte de su madre como por la de su padre. Incluso su esposa, americana, falleció en Canarias a mediados de los sesenta. Le gustaba pasear y conversar con los vecinos en la plaza con su inconfundible castellano adulterado tras tanto tiempo en el extranjero. Fue y sigue siendo prácticamente un desconocido en su isla natal, aunque las historias de sus hazañas en California que se transmitían entre los vecinos le hicieron participar de algún acto relevante como la inauguración de la sala de cine de Puerto de la Cruz.

Raquel Welch sigue ejerciendo de mito inmortal. Domingo/Tom/Don Diego no tiene siquiera una calle dedicada en la ciudad que nunca olvidó. Los dos representan distintas maneras de ambicionar y ser reconocidos, pero también el mismo carácter combativo frente a la adversidad de ser diferente en un país que ha sufrido graves episodios de desprecio por lo diverso.

SOBRE EL AUTOR

Eduardo Santana es un gestor cultural grancanario afincado en Madrid y con experiencia en centros de artes escénicas en ambos lados del Atlántico. Con frecuencia semanal, nos zambullirá en la realidad del archipiélago utilizando a relevantes personajes de la cultura como pretexto.

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