Omar Sharif, una mesa y zapatos en llamas

 En Aislados, Noticia Principal

‘Aislados’ viaja al pasado para inmortalizarlo. El autor decide qué extraer del anonimato para conseguir que los personajes intrahistóricos continúen vivos en el recuerdo de los lectores. El retrato de un lugar y un momento de Canarias en el que los protagonistas tienen solo nombres propios y no apellidos.

 

Una rofera es un yacimiento de arena volcánica gruesa, esa que parece miga de pan carbonizada y que a veces se echa al suelo para conservar la humedad. Precisamente, aprovechando la singular forma de una rofera, se levantó una famosa casa en el pueblo lanzaroteño de Nazaret que ha estado muy relacionada con tres tipos de relato: la leyenda, el mito y la historia. Al conjunto de la vivienda y de los jardines se le conoce en la actualidad como Lagomar.

Todo el conjunto de Lagomar es una obra arquitectónica y natural que deja sin palabras. La casa se integra orgánicamente en la cantera y dibuja sinuosamente multitud de cuevas y galerías restauradas con madera y artefactos de naufragios locales. Los jardines que abrigan al oasis central son reflejo de la flora conejera, incorporando cactus, aloes, palmeras y buganvillas. El vidrio, el hormigón de acabado rugoso y los guijarros son los materiales más visibles cuando nos movemos en los espacios curvilíneos del exterior y rodeamos el lago central, con distintos patios y cascadas sorprendiendo a los costados. Cuando cae el sol, la iluminación brota de las rocas como si de magia se tratara gracias a los focos hábilmente escondidos por sus ideólogos.

Lo más común es recordar a la estrella de Hollywood Omar Sharif por sus papeles en Lawrence de Arabia y Doctor Zhivago, pero lo cierto es que también participó en un sinfín de películas de menor calado. La historia cuenta que a Lanzarote llegó por motivos profesionales, interpretando al célebre Capitán Nemo, y que fue invitado a la residencia para conocerla junto a vecinos de la localidad. Es aquí cuando entra en juego la leyenda al afirmar muchos ser testigos de que Sharif se enamoró de la casa, la compró y le puso su nombre de pila al edificio. La leyenda continúa cuando se dice que el actor perdió el precioso inmueble por su desmedida pasión por el juego. En esta línea, se narra que Sharif no pudo vencer en un popular juego de cartas a su contrincante, del que desconocía que era campeón continental, y se vio forzado a pagar su deuda con la propiedad de la maravillosa Lagomar.

Optando por la senda de la historia, todos los inicios conducen a César. El lanzaroteño fue un hombre que vivió a base de convicción, tanto de la suya propia como la del magnetismo que tenía para atraer hacia ella a otros. Ya en la juventud, tuvo la determinación de abandonar sus estudios de arquitectura en Tenerife para mudarse a Madrid para estudiar arte y pintura. Luego de un período de intensa exploración artística se trasladó a Nueva York y se empapó de las corrientes artísticas estadounidenses que tan cruciales resultaron para su obra, que terminó por ser la de todos los canarios. El conocimiento directo del expresionismo abstracto americano, del arte pop, la nueva escultura y el arte cinético le proporcionaron las herramientas para convencer a los lanzaroteños de que su isla podía ser uno de los lugares más bellos del planeta. Mientras sus paisanos mantenían que Lanzarote era fea porque no había verde que la recubriera, César reivindicaba la belleza de la piedra, de lo seco. Desde la capital del mundo sus principios terminaron de fraguarse, tal como expresan las líneas que dejó escritas desde su apartamento en el Lower East Side:

 

“(…) más que nunca siento verdadera nostalgia por lo verdadero de las cosas. Por la pureza de las gentes. Por la desnudez de mi paisaje y por mis amigos. Mi última conclusión es que el HOMBRE en Nueva York es como una rata. El hombre no fue creado para esta artificialidad. Hay una imperiosa necesidad de volver a la tierra. Palparla, olerla. Esto es lo que siento”.

 

La historia cuenta que César convenció primero a su amigo de la infancia Pepín, presidente del Cabildo por aquel entonces, de que la integración del arte en el paisaje sin modificarlo iba a se clave en la nueva industria del turismo que amenazaba con corromper la isla. No alterar la naturaleza, sino extraer lo mejor de ella. Convencido Pepín, convenció a los lanzaroteños de mantener sus viviendas como las idearon sus antepasados en la arquitectura tradicional. La paleta de colores de los pueblos del interior y de los de costa y la eliminación de vallas publicitarias en sintonía con la áspera sinuosidad del volcán. Los blancos y verdes del hombre abrazando el ocre y el negro de Lanzarote.

Convenció César de su visión a Luis, jefe de obras del Cabildo, durante más de cuatro décadas. Entre otras iniciativas para la eternidad, le sedujo para utilizar los remanentes públicos para construir a mano, piedra a piedra, la “mejor sala de fiestas del mundo” en Los Jameos del Agua. Por otro lado, para el foso del restaurante El Diablo, en las Montañas del Fuego, hizo excavar un pequeño cráter y canalizar el fuego que emanaba de la tierra con el amparo de bandejas de agua que servían para apagar las llamas que se encendían en las botas de los trabajadores. César convenció a todos ellos para sentir el paisaje de Lanzarote tal como él lo hacía, por lo que las amenazas del fuego pasaban por ser no más que una eventualidad necesaria.

Para convencer a Antonio, vicepresidente y consejero del Cabildo, César entregó lo mejor de él para imbuirle de sus fantasías personales. El artista le inculcó que las piedras podían ser bonitas y que todo lo que la naturaleza había dispuesto era importante para el ser humano porque siempre ha sido parte de él. En aquellos años en los que se vivía con incertidumbre la llegada del turismo, César comparaba Lanzarote con una mesa en la que una pata era la pesca, otra la agricultura, otra el comercio y la última, que era con la que su trabajo estaba directamente comprometido, el turismo. Pronosticaba una vida de maravillas para los isleños si estos conseguían estabilizar estas cuatro patas en armonía y equilibrio.

Convencer a Jesús no requirió de mucho esfuerzo. De profesión electricista, sus primeros pasos iban dedicados a reparar las emisoras de radio de la flota pesquera. Mientras, como gran amante de la naturaleza y curioso lector, procuró ir gestando una visión pionera que contribuyó a la revolución tranquila en Lanzarote. Cuenta la historia que cuando la Cueva de los Verdes era todavía una gruta inexplorada, los académicos que quisieron recorrerla en busca de vestigios aborígenes solicitaron a un electricista que iluminase el interior del túnel. De Jesús esperaban una sencilla ristra de bombillas colgadas de una cuerda que alumbrase el camino y no lo que acabaron encontrando al iniciar sus exploraciones: proyectores disimuladamente escondidos entre las piedras que hacían brotar la luz de la nada. Para mayor asombro, antes de encender su instalación, Jesús reprodujo en una radio una de sus composiciones favoritas para que el efecto que buscaba creciera en intensidad. Para el deleite de los estudiosos, La Primavera, de Vivaldi. César lo tuvo fácil con Jesús. A César, Pepín, Luis, Antonio y Jesús se les conoce en Lanzarote como Los Cinco Magníficos.

Esos años de inspiración y conversación entre arte y naturaleza sirvieron para realizar obras ejemplares por su sentido, su limpieza y su orden. Además, se dio un ejemplo de alto nivel cívico al crear escuela para una educación estética de todos los lanzaroteños. De hecho, la casa Lagomar se ha mantenido en constante evolución desde su construcción, incorporando progresivamente elementos que casaban con la idea y sentido original, ya intrínsecos de la cultura y folclore de la isla. Confirma la historia que la casa que pudo conocer Omar Sharif fue concebida en sus orígenes por César, pero diseñada después por Jesús. Esto es cierto. Por su parte, la leyenda dice que Manrique participó también en el diseño de sus exteriores en la década de los noventa, pero no se corresponde con la realidad ya que fueron arquitectos foráneos los que se rindieron al legado de César.

El valor con el que defendió César la isla de Lanzarote fue indestructible, siendo uno de los pocos artistas, si no el único, que ha propuesto y conseguido un cambio de modelo económico para un territorio. Para más admiración, esta tarea la logró a través de su compromiso con la belleza. Sin duda, su historia se convierte en mito porque su herencia perdura a la vista de todos. Que el arte y la naturaleza sean perpetuos no fue un invento de César, ya que siempre ha sido así, pero la narración del mito de su persona confirma la heroicidad del protagonista de un relato maravilloso fuera del tiempo y del espacio histórico: Lanzarote como un mundo encerrado en sí mismo que fue un laboratorio para el arte y que podía ser tan puro como lascivo, tan artificial como salvaje y tan turístico como popular.

La historia nos asegura que Lagomar nunca perteneció al actor egipcio y que él mismo se prestó a la leyenda para promocionar la venta de inmuebles en el pueblo de Nazaret. Independientemente de lo que ocurriera aquella noche, en aquella partida de cartas, la casa permanece en el imaginario lanzaroteño como una muestra más de la visión de César, historia viva de un mito.

 

SOBRE EL AUTOR

Eduardo Santana es un gestor cultural grancanario afincado en Madrid y con experiencia en centros de artes escénicas en ambos lados del Atlántico. Con frecuencia semanal, nos zambullirá en la realidad del archipiélago utilizando a relevantes personajes de la cultura como pretexto.

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