Michael Jackson, un gorila y el traje de mago

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‘Aislados’ viaja al pasado para inmortalizarlo. El autor decide qué extraer del anonimato para conseguir que los personajes intrahistóricos continúen vivos en el recuerdo de los lectores. El retrato de un lugar y un momento de Canarias en el que los protagonistas tienen solo nombres propios y no apellidos.

La gente que gritaba desde la azotea del aeropuerto de Los Rodeos, hoy conocido como Tenerife Norte, no se lo podía creer. Era imposible que aquel hombre con blusa naranja y sombrero negro, delgaducho, frágil y piel nívea que bajaba del avión rodeado de asesores fuera Michael Jackson. El Rey del Pop, el destacado de The Jackson Five, uno de los artistas que más discos ha vendido en la historia de la música, un icono universal. En su corte real figuraban su madre, varios niños y tres centenares de operarios, pero existían tantos dobles que le imitaban que cualquiera de ellos podría ser cómplice de un gran engaño.

Resulta disparatado, pero, aquel año, Santa Cruz de Tenerife conmemoraba el 500o aniversario de la fundación de la ciudad y lo hacía con el Ayuntamiento declarado en quiebra y con suspensión de pagos. Viéndose los sueldos reducidos y los proveedores sin ser pagados, resultó más difícil convencer al alcalde que al propio Michael Jackson.

Un mes antes del concierto habían comenzado los rumores que ya siempre le acompañaron sobre su relación con menores. Ante esta sempiterna polémica, es recurrente la incógnita sobre si el mundo sería un lugar mejor sin la música de Michael Jackson, que es por lo que se hizo conocer. O sin las películas de Woody Allen o los cuadros de Picasso, por ejemplo. La palabra censura, en general, provoca desasosiego. La repulsa por cualquier acto inmoral es fundamental y necesaria, pero es cuestionable hasta qué punto los hechos de un desalmado hacen que su obra como artista quede invalidada. Las malas personas, o, al menos, las personas que piensan y actúan de una forma que consideramos abominable, también pueden hacer arte de calidad todo el tiempo. En este caso, la discografía, los videoclips y los espectáculos del cantante son una creación artística que ya existe al margen de la catadura moral de su autor. No está reñido tener un descomunal talento con ser despiadado. En saber y poder diferenciar reside el debate.

En aquella época, Pepe ostentaba el cargo de concejal de Juventud y llevaba un tiempo dándole vueltas a la idea de traer a un gran artista internacional al archipiélago. Le disgustaba el hecho de que los residentes canarios se tuvieran que desplazar a la Península si querían asistir a un evento musical de magnitud y decidió equilibrar la balanza con un artista de peso. Insistente, permaneció dos años detrás de los mánagers de Jackson con el valioso argumento de que las Islas Canarias habían sido condenadas culturalmente al aislamiento y estaban ansiosas de espectáculos de envergadura. Entre medias, a Pepe se le abrió el cielo cuando se canceló un concierto inicialmente programado para Sevilla y surgió la primera oportunidad de llevar al artista estadounidense a Santa Cruz. Desgraciadamente, era un movimiento muy precipitado y no daba margen a la logística para trasladar en avión los sesenta y dos tráilers que movía la producción. La fallida proposición sirvió para que Pepe y el mánager del Rey del Pop hicieran buenas migas y, al año siguiente, este le ofreciera la posibilidad de hacer el concierto de regreso de una gira por Asia y antes de partir a Sudamérica.

Al bajar Jackson del avión de su propiedad, le esperaban dos niños con unas flores y vestidos con el traje típico del municipio de La Orotova, siendo uno de ellos el hijo de Pepe. A estos atuendos regionales se les llama trajes de mago, no teniendo relación alguna con chisteras y conejos sino que aluden al término guanche mago, utilizado para designar a los campesinos. El artista se arrodilló y posó con los niños para los fotógrafos. Seguidamente, saludó con timidez infantil a las tres mil personas de la azotea y se metió en una furgoneta azul rumbo al hotel en Puerto de la Cruz que cuidadosamente había escogido su ejército de colaboradores.

Días antes de su llegada, cientos de tinerfeños ya se arremolinaban alrededor del hotel e incluso pernoctaban en sacos de dormir en los aledaños. Las calles cortadas y unas medidas de seguridad extremas para un acontecimiento que todavía hoy se recuerda con tanta incredulidad como asombro. Ya en la suite, el cantante se encontró con las comodidades que había requerido. La habitación estaba colmada de juguetes, llena de bandejas con kilos de fruta y un teléfono rojo instalado en cada esquina de las habitaciones contratadas. Al no haber terminales móviles, cada uno de ellos tenía asignado un número para cada país destinatario de las llamadas. Los canarios más intrépidos que consiguieron colarse en el hotel a través de las escaleras de incendios besaban las ventanas como señal de afecto antes de ser expulsados.

Pepe logró que los bancos y empresas privadas locales se involucraran para avalar el caché y los seguros, por lo que el maltrecho Ayuntamiento afrontó la aventura sin adelantar ni una peseta. Se tenía claro que la cultura, como el conocimiento, debe ser accesible y no gratis. Muchos de los que dicen que una novela de diez euros es cara, pagarían quince veces más por una entrada de fútbol. El valor depende de cada persona. Igual de válida una cosa que otra. Para el concierto, el precio fue de cinco mil pesetas por boleto. Treinta euros. Coincidiendo con la apertura de las ventas, Pepe montó una rueda de prensa que ayudara a convencer a la ciudadanía de que para disfrutar de lo mejor había que pasar por taquilla, que no habría invitaciones para nadie. Para dar ejemplo, el alcalde compró la entrada número uno. Los espectáculos de calidad no caen del cielo y había que hacer entender que un artista no deja de ser un trabajador que efectúa actos únicos que hay que retribuir para que la cultura exista como bien público. Lamentablemente, la popularidad del acceso gratuito a la cultura en nuestros días ha llegado a tales niveles que hasta se ha convertido en una proclama política. Por último, y siguiendo las indicaciones de los
productores, Pepe y las entidades colaboradoras organizaron en Santa Cruz una audición de la que saldrían veinte niños que cantarían un tema con el músico.

A Michael Jackson le maravillaban los animales hasta el punto de rodearse de ellos en su rancho. Chimpancés, tigres, reptiles, jirafas, loros y hasta un elefante. Incluso le escribió una canción a una rata que le hacía compañía entre ensayo y ensayo cuando era niño. En Tenerife, le
permitieron visitar el cercano zoo del Loro Parque una vez este había cerrado sus puertas. Allí le llevaron junto a los gorilas y pudo tocar a uno de los primates que acudió a su encuentro. Con posterioridad a su encuentro con la naturaleza, se presentó en una tienda de discos local en la que pidió a sus asistentes que retiraran de la vista los álbumes de su hermana. Jackson estuvo lo justo y necesario en la isla, pero la estancia se desarrolló de manera intensa. Al día siguiente se celebraba el concierto y había solicitado que su camerino le recibiera colmado de globos de colores en el techo y huevos de chocolate repartidos por los rincones.

Cuando Pepe le comentó al mánager de la estrella que el recital se iba a llevar a cabo en un muelle, a este le vino a la cabeza la imagen de esos muelles de madera tan típicos de Estados Unidos. Nada parecido con la realidad. El escenario se montó en la Dársena de Los Llanos, un espacio de cemento de dos kilómetros y medio de longitud que sirve para el atraque de buques especiales como pueden ser las plataformas de perforación. Ante el éxito de ventas, Pepe y el resto de las personas implicadas dieron con la ocurrencia de alquilar un barco para ubicar localidades VIP, pero sus esfuerzos cayeron en vano. Por su parte, a los productores americanos les llamó la atención un contenedor de mercancías apartado y convinieron en instalar ahí dentro una moqueta para que hiciera las veces de ese camerino abarrotado de globos. La planificación de la producción no daba lugar a ninguna brecha y no existía nadie que no asumiera su función específica. Los operarios del escenario vestían uniforme naranja y los del sonido, azul. El fallo técnico estaba completamente desechado. Ochenta metros de escenario, pantallas gigantes, rayos láser e infinitas máquinas de humo que llegaron a la isla en varios aviones. Una sola entrada al recinto con diez carriles y mil efectivos de seguridad. Cincuenta mil espectadores.

El cielo tinerfeño aguardaba inestable cuando sonaron los épicos primeros compases de Carmina Burana, de Carl Orff. De repente, Michael Jackson apareció con un gran salto desde debajo del escenario y una tormenta de fuegos artificiales agitó a los presentes. En silencio, estático e imponente, se quitó las gafas de sol y comenzó a cantar su primer tema ¡Era Michael Jackson! ¡Increíble!

Michael Jackson no actuaba en cualquier sitio por mucho dinero que le ofrecieran. Le llovían las ofertas y nadie vendía más discos que él, por lo que el tesón y la ilusión de Pepe por encajar a Canarias en el circuito de grandes conciertos fue determinante. Después de aquella explosión, la nómina de solistas y bandas que también han montado escenarios gigantes en tierras canarias es orgullosamente amplia. Pepe ya no trabaja en el Ayuntamiento, pero se sigue dedicando a la promoción cultural. Para celebrar el vigésimo quinto aniversario del fin de semana en el que Tenerife atrajo todos los flashes del planeta, anunció la organización de un concierto de The Jackson Five, el grupo donde Michael empezó su carrera y sus hermanos siguen rindiéndole tributo en los escenarios.

 

SOBRE EL AUTOR

Eduardo Santana es un gestor cultural grancanario afincado en Madrid y con experiencia en centros de artes escénicas en ambos lados del Atlántico. Con frecuencia semanal, nos zambullirá en la realidad del archipiélago utilizando a relevantes personajes de la cultura como pretexto.

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