Manuela, un homenaje a mamá

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‘Aislados’ viaja al pasado para inmortalizarlo. El autor decide qué extraer del anonimato para conseguir que los personajes intrahistóricos continúen vivos en el recuerdo de los lectores. El retrato de un lugar y un momento de Canarias en el que los protagonistas tienen solo nombres propios y no apellidos.

Ella era preciosa en un entorno monumental. Antiguos palacios, iglesias, fortificaciones y el propio trazado urbano de la ciudad de Santa Cruz de La Palma hablaban de un pasado rico y próspero vinculado a la tradición comercial e ilustrada de la que fue antaño puerta de entrada y de salida del Imperio español. Manuela era La Palma, tan bella e ilustrada como ella, por lo que era complicado que aquel turista checoslovaco no se enamorara. Detrás del enrejado de una casa del casco histórico, la observaba oculto. La celosía le permitía admirarla caminar calle arriba perdiéndose entre balcones de flores y aromas frutales sin ser visto. Como un relato de realismo mágico. Dos años después de aquello, el cautivado joven buscó un pretexto para volver a la isla junto a Manuela. Tras las indagaciones del padre de la palmera, propias de todas las épocas anteriores a la nuestra, la pareja se casó y formó una familia que creció feliz entre fincas plataneras.

Ella era entregada en tiempos de escasez. Se desvivió por sus dos hijos, Manuel, el mayor, y  Evangelina. Acabadas la Guerra Civil y la II Guerra Mundial, los barcos eran la única esperanza de abastecimiento de muchos productos de primera necesidad. Una carencia grave que estimulaba la originalidad y la fortaleza de Manuela para sacar a su familia adelante. Por ejemplo, ingenió la manera de hacer ropas y zapatos con tejidos antiguos que guardaba de décadas pasadas o se las apañaba para alimentar a la casa con lo que producían su terreno y las gallinas. Una de esas madres malabaristas que lava la ropa con un brazo, con el otro lee un libro a sus hijos y con un pie sostiene la puerta para que la corriente no la cierre con violencia y lesione al perro. Una madre, a secas. Manuela aprendió a hacer calzado con el zapatero del pueblo, don Cristino, que se desplazaba a su casa y le enseñaba el oficio. Manuela también aprendió perfectamente el idioma checo para que sus hijos pudieran comunicarse con la familia paterna. Por otro lado, sentía fervor por las cosas bellas en general y acostumbraba a almacenar toda clase de objetos y materiales que luego les dejaría en herencia. Además, este gusto por la estética la empujaba a mantener los jardines de su casa tan hermosos como podía para que Manuel y Evangelina pudieran disfrutarlos en una niñez feliz. Mantener el hogar bonito es un acto de generosidad que sólo nace de una madre. Con el tiempo, Manuel encontró en los jardines su mayor fuente de inspiración. Ver crecer las flores, tocarlas, olerlas y apreciar sus colores y texturas.

Ella era cariñosa en cada detalle. El serlo permitió que el vínculo con sus hijos se fortaleciera y
ellos aprendieran a ser cariñosos también con los demás. Siempre estuvo pendiente de los dos, sabiendo cuándo tenía que llamarles por teléfono y estos cuándo llamarla a ella. El vínculo inexplicable que se tiene con una madre y que parece brujería, pero no lo es. De niño, a su primogénito Manuel se le conocía en la isla como Manolo o “el hijo del checo”. Para ella, era Manolito, al que cocinar sopa de miel, un postre autóctono, era otro motivo de alegría en el hogar. Su amor era infinito y las lecciones de vida que le dio, incontables, pero de una madre cariñosa sobre todo se aprende cómo amar a las mujeres y la forma de ser amado por ellas, aunque a veces se nos olvide.

Ella era educadora en una realidad sin coches ni televisión. Manuela le leía a Manolito El gatopardo de Lampedusa y la biografía de María Antonieta que escribió Stefan Zweig donde, pecando de maternal sobreprotección, se saltaba la parte de la guillotina. Le leía a Charles Dickens, Guerra y paz y Lo que el viento se llevó, pero también le ponía en las manos la revista Vogue para que dejara volar su imaginación. Le recitaba a Lorca, a Machado y a Gabriela Mistral y en sus viajes a Madrid, años después, debatían delante de todos los cuadros del Museo del Prado. Igualmente, procuró que la educación que recibía en el colegio fuera productiva y no se ausentara de ninguna clase. Su intuición de madre le decía que Manolito era distinto a los demás y le transmitió lo mejor que le podía ofrecer. Una madre, a secas. La infancia del niño en La Palma fue como un sueño poético en el que la ausencia de tecnología se cubría con juegos en la naturaleza y las tertulias y meriendas en la casa de su abuela.

Ella era comprensiva, aunque le causara disgustos. Desde pequeño, Manolito se divertía haciendo zapatos de papel de plata a sus perros y a las lagartijas del jardín. Mientras su abuela le reñía, Manuela le enseñaba que no debía hacer esas travesuras, al mismo tiempo que se reconfortaba para sus adentros por la imaginación de su hijo. Al abandonar Manolito la isla con dieciocho años, su padre tenía la ilusión de que hiciera carrera de diplomático. Desear prosperidad para un hijo es un sentimiento encadenado a las entrañas, por lo que Manuela pensaba igual. Era un camino seguro, respetable y lustroso. Aunque Manolito empezó a estudiar Derecho Internacional en Suiza, abandonó esa senda que tan poco le atraía tras el primer año. La decisión no agradó a Manuela, pero la respaldó. Manolito dibujaba y bordaba tan bien como su madre, por lo que acabó triunfando en Londres diseñando zapatos. En la cúspide de su carrera, su madre le seguía sugiriendo si no hubiera sido mejor terminar trabajando en las Naciones Unidas con un trabajo “normal”. El palmero no sabía a qué se refería con “normal”, por lo que tampoco le daba importancia cuando le tocaba escuchar eso de “no te olvides que todo pasa”. A pesar de todo, ella creía que su hijo hacía simplemente lo que le daba la gana, que era un espíritu creativo; comprendía y apoyaba su talento, a cuyo desarrollo tanto contribuyó ella misma, aunque parecía haberse olvidado.

La naturaleza regaló a los padres el amor incondicional por sus hijos en pro del bienestar de
estos. En los animales, ese amor se reduce a las necesidades materiales y acaba cuando los cuidados ya no son obligatorios. En las personas, persiste durante toda la vida y supone una devoción y una generosidad que sobrevive a la muerte y acompaña a los hijos hasta más allá de la tumba de sus padres.

Manolito quiso ser arquitecto cuando dudaba qué estudiar. “Un buen tacón es arquitectura”, afirma ahora. También pensó en ser escultor de piedra. En las rocas negras de las playas de La Palma percibía belleza desde que corría detrás de las lagartijas, al igual que en los frondosos bosques de laurisilva. Pero su pasión han sido siempre los zapatos. Cuando no levantaba un palmo del suelo se fijaba en las alpargatas de esparto que llevaban algunos de sus amigos y le parecían tan bonitas que insistía a su madre para que le consiguiera un par igual. Descubrió que eran horribles si se mojaban, pero comenzó a inspirarse. En la actualidad, trabaja observando lo cotidiano. Graba mentalmente los brocados y los colores y sus piezas van adquiriendo forma en su cabeza. Luego lo plasma en papel con crayones y tinta china. Le fascina el diseño y está convencido de que lo mismo experimentaba Manuela cuando mostraba el calzado que don Cristino le enseñaba a hacer en casa. Para acabar el proceso, transita al momento de la confección artesanal del primer patrón con sus propias manos. Aunque sólo para una persona en el mundo era Manolito, para el resto es Manolo Blahnik y así trabaja en su taller.

Cuando nuestra madre ya no está cerca, o simplemente ya no está, comprendemos todo lo que tenemos de ella en nuestra forma de pensar. Cuánto les debemos por mucho que se repitan,porque las madres son expertas en repetir. Repetir las mismas consignas, consejos, preguntas y hábitos. Cuando Manolo Blahnik se trasladó a Londres en los años ochenta, Manuela le visitaba todos los veranos y, como le entusiasmaban los musicales, tuvo que ver tres veces Evita con ella. Las madres tienen ese encanto secreto y único de tratarnos siempre como niños. Nuestros éxitos de jóvenes son igual de importantes para ellas que los alcanzados de adultos. Esto nos irrita, pero nos pone en nuestro sitio. En definitiva, nuestros ojos no tienen remedio para este afecto inquebrantable y es fácilmente demostrable con un sencillo ejercicio: miremos a nuestra madre, en persona o en una foto ahora mismo. Busca en el móvil. Que levante la mano quien no vea en ella a una mujer preciosa, entregada, cariñosa, educadora y comprensiva.

Siendo Manolo Blahnik el referente mundial de la moda del calzado de las últimas décadas, sigue manteniendo varias propiedades en la isla de La Palma, a la que sigue acudiendo asiduamente. Ahora habita la misma casa, restaurada a su particular manera, en busca de tranquilidad, pero sin esa dulce voz que daba vida a los clásicos de la literatura. De los palmeros se dice que hablan como si les costara romper el silencio y Manuela era La Palma. A Manolo le entristece mucho no encontrarse a sus padres cuando vuelve. Allí se cura de una fama que no termina de encajar, pero no es capaz de aliviar el amor por su madre, Manuela.

SOBRE EL AUTOR

Eduardo Santana es un gestor cultural grancanario afincado en Madrid y con experiencia en centros de artes escénicas en ambos lados del Atlántico. Con frecuencia semanal, nos zambullirá en la realidad del archipiélago utilizando a relevantes personajes de la cultura como pretexto.

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