Leonard Bernstein, unos papayeros y el Euro

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‘Aislados’ viaja al pasado para inmortalizarlo. El autor decide qué extraer del anonimato para conseguir que los personajes intrahistóricos continúen vivos en el recuerdo de los lectores. El retrato de un lugar y un momento de Canarias en el que los protagonistas tienen solo nombres propios y no apellidos.

En 1970, Justus hizo su debut como pianista en la Orquesta Filarmónica de Berlín, dirigida por aquel entonces por el genial, frío y adusto Herbert Von Karajan. Al año siguiente, ya instalado en la élite mundial de la música clásica, visitó Gran Canaria y quedó prendado de los parajes del sur de la isla, por entonces casi vírgenes. Ensimismado, tuvo una inspiradora epifanía y compró una montaña cerca del barranco de Ayagaures. En lo alto, en la cima, pretendía construir una vivienda que sirviera como espacio para la creación y la cultura.

En la década de los sesenta, el sur de Gran Canaria se revelaba como una yerma extensión de terreno pedregoso donde predominaban las tabaibas y los cardones. Como si de una piedra preciosa se tratase, en medio emergían solitarias las Dunas de Maspalomas, formadas por un sistema dunar de origen marino y un oasis, en el que sobresalía el Charco de agua salada y el extenso palmeral que lo rodeaba. Un paraíso invadido hoy por el ladrillo que lo han convertido en núcleo turístico internacional. Campo adentro, todavía se abren barrancos entre laderas donde nacen dragos, sabinas y hierbas verrugueras, salvándose de la ocupación humana a duras penas. Adicionalmente, discurren pequeños cursos de agua que riegan varios cañaverales. El espacio, además de ser el hogar de varias especies de aves y lagartos protegidos, es el mismo donde Justus fructificó sus ideas.

Originalmente, los turistas acudían al sur desde la capital y se alojaban para pasar un día de playa huyendo de la famosa panza de burro. De la noche a la mañana, la zona conocida como Maspalomas se convirtió en uno de los centros turísticos más importantes de España, borrando su pasado agrario en un abrir y cerrar de ojos. La invasión turística provocó la urbanización progresiva de todo el litoral sur, de este a oeste. El primer hito del desarrollo fue San Agustín, donde se asentó una colonia de ciudadanos suecos, país del que vendría durante los primeros años gran parte del turismo. Allí se construyó la primera urbanización que se denominó, precisamente, Nueva Suecia. En el último aliento de la dictadura, el sur de Gran Canaria supuso, junto con Marbella o Ibiza, una burbuja de libertad en medio de un país que pensaba en blanco y negro.

El sueño de una finca de verano debió pensar Justus cuando, dos años después de la adquisición de los terrenos, la casa terminó de construirse. Casi mil metros cuadrados de villa en lo alto de veinticinco hectáreas de montaña. Seis pianos repartidos por sus estancias, pero con una banda sonora asumida por el ocasional rebuzno de los burros y el canto de los pájaros. Amplio jardín y viñedos en una residencia envuelta en palmeras, buganvillas, adelfas, parras, tuneras, mangos, orquídeas o rododendros. Justus, alemán de nacimiento, concibió un lugar idílico para el retiro y la clarividencia, por lo que enseguida compartió su particular secreto. “Tienes que venir. El entorno es prácticamente virgen, el clima es magnífico y las personas que habitan la isla son maravillosas”, le dijo ese primer año al popular compositor, pianista y director estadounidense Leonard Bernstein. Lenny, como quería que le llamasen, le hizo caso y aterrizó poco después acompañado de su esposa y de su asistente. Justus acudió al aeropuerto a recogerles con su Volkswagen descapotable. Habían llegado de medianoche directamente desde Viena y al despertarse a la mañana siguiente no tenían muy claro en qué país estaban. Si hasta finales de los sesenta la red viaria se orientaba a comunicar las zonas agrarias con el Puerto de la Luz de Las Palmas para dar salida a las mercancías, durante estos años la inversión se condujo a las infraestructuras que potenciaban la actividad turística. Se dio paso a las primeras autovías y se mejoraron las carreteras interiores.

Bernstein era el prototipo de persona hecha para comerse el mundo y no dejar ni una miga en el mantel. No paraba de crear y componer y, a los pocos días de disfrute en la casa de Justus, ya barruntaba que ese lugar iba a constituir un reducto ideal para poner en orden su caudal artístico. Sus visitas continuaron con notable asiduidad, llegando a volar a Gran Canaria hasta cuatro veces en un sólo año. Entre papayeros y geranios trabajó en varias de sus últimas obras que luego exhibiría en ambos lados del Atlántico. Se encerraba en la casa de té de la piscina y dormía de día y trabajaba de noche. Con estos hábitos, se entiende mejor su entusiasmo por las noches sureñas, plagadas de estrellas. Lenny cumplía con muchos tópicos sobre lo que significaba ser un judío de Nueva York: un hombre efusivo, generoso, bullicioso y tan divertido como podía ser Woody Allen. Comprender a Bernstein era como comprender Nueva York. Amaba profundamente a su ciudad, aunque en ella no pudiera ver las estrellas. De todas maneras, si siguiera vivo comprobaría que en Maspalomas ya no se ven como antes. Posiblemente, en la abismal diferencia entre la capital del mundo y el paraje grancanario residía el encantamiento que le conectaba con las musas de las artes. O quizás fueron los amaneceres aderezados de güisqui con hielo y compañías variopintas.

No cabe duda de que el desarrollo turístico ha sido un pilar fundamental en el crecimiento económico de muchas zonas alrededor del globo. Sin embargo, cabe hacernos la pregunta de si realmente se hace todo lo posible para salvaguardar los tesoros naturales que son parte de la identidad de sus gentes. Cuando Justus tuvo su revelación, las Dunas se extendían por el doble del territorio actual y en los barrancos del municipio apenas destacaban casas. Estos espacios naturales representan más que un lugar donde esparcirse y contemplar el Atlántico, las dunas o las montañas. Albergan la identidad de un pueblo y de su cultura, pero se invisibilizan cuando entran en el juego los beneficios económicos. De no preservarlos, las generaciones venideras se formularán muchas preguntas al respecto al igual que nosotros nos las hacemos ahora. Nos arriesgamos a que el siguiente paso sea el desarraigo. En 1960, llegaron al archipiélago setenta mil turistas. En 2018, fueron casi dieciséis millones.

Año tras año, Justus, como gran prescriptor de la isla, ha venido abriendo las puertas de su casa a las élites de medio mundo. En su cancha de tenis ha estado pasando bolas Steffi Graf y en sus rincones han posado Claudia Schiffer, Naomi Campbell o Carla Bruni. El canciller alemán Helmut Schmidt se alojó durante más de treinta años ininterrumpidos y han pernoctado monarcas
saudíes, conocidos empresarios y hasta Juan Carlos I. Allí, el presidente de Francia, d’Estaing, y el del Banco Federal Alemán, Klasen, sentaron las bases de lo que luego se convertiría en la moneda única europea, el Euro. Bajo el sol canario han creado músicos como Christoph Eschenbach, estrella titular de múltiples orquestas, Arvo Pärt, padre del minimalismo, o el gigante Von Karajan. Si este último afirmaba que cuando muriera no quería que se le enterrara ya que, si Jesús resucitó al tercer día, él no esperaría tanto, Bernstein proclamaba que el éxito de West Side Story sólo podía compararse con el del mismo Jesucristo. Temperamentos dionisiacos que trató por igual el bueno de Justus, amigo de ambos y espectador de lujo del juego de egos de dos de los máximos exponentes de la música del siglo XX.

“Si algún día me pierdo, seguro me encontrarán aquí”, aseveró Lenny. Esa extraña sacudida de sabernos muy pequeños por ser incapaces de devolver a la naturaleza lo que ella nos aporta es inherente a todos. Parece instintiva. Una incómoda sensación de pensar que le debemos algo porque ella nos da gratis todo lo que tiene. Resulta agradable pensar que todos lo hemos experimentado en algún momento de nuestra vida, posiblemente en soledad. Lamentablemente, es complicado entender lo rápido que nos olvidamos de ello poniendo coto a nuestros instintos.

En aquella época, y con Justus como interlocutor inicial, el artista se vinculó con el proyecto de un auditorio al aire libre que se integraría orgánicamente en uno de los barrancos de Maspalomas y en el que hasta diez mil personas podrían disfrutar de la música en directo. Es como si para Leonard Bernstein, su creatividad fuera la manera de devolver a ese pedazo de tierra la alegría de vivir. Como él, las personas observadoras son conscientes de que la naturaleza nos brinda infinitas posibilidades de aprender y reflexionar sobre la vida. El proyecto no salió adelante ante la crisis económica de los setenta, dejando claro una vez más que el cultivo del espíritu no suele ser prioridad en cualquier presupuesto.

“Habite aquí la paz, que lo malo quede fuera”. Esta frase, en latín, preside el portón de entrada de la finca de los seis pianos de Justus. En los jardines de este remanso de creatividad, el alemán viene celebrando un festival de música desde hace veinte años. Atraídos por la mística del lugar y la influencia del propio Justus, relevantes intérpretes internacionales acercan la música de élite a los canarios cada verano. En 2018, la cita homenajeó los cien años del nacimiento de Lenny, un maestro universal enamorado de la belleza de la isla, su naturaleza y su clima.

Como cada lugar del planeta es único en medio social, natural y cultural, sería ideal que su explotación se aplicara de modo que no implique limitaciones a las futuras generaciones que van a compartir ese espacio. Cualquier otro debate podría caer en el egoísmo del presente. El crecimiento sostenible mantiene y fortalece la identidad de una comunidad. Atrae arte y atrae cultura. Además, el respeto por el entorno específico y la fantasía de la creatividad se erigen como remedio frente a una cultura estándar en el planeta. Afortunadamente, la epifanía de Justus sólo fue el comienzo de una historia que todavía pervive, que todavía suena.

SOBRE EL AUTOR

Eduardo Santana es un gestor cultural grancanario afincado en Madrid y con experiencia en centros de artes escénicas en ambos lados del Atlántico. Con frecuencia semanal, nos zambullirá en la realidad del archipiélago utilizando a relevantes personajes de la cultura como pretexto.

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