Joaquín Sabina, un pueblo con mar y nos dieron las diez

 En Aislados, Canarias, Entrevistas

‘Aislados’ viaja al pasado para inmortalizarlo. El autor decide qué extraer del anonimato para conseguir que los personajes intrahistóricos continúen vivos en el recuerdo de los lectores. El retrato de un lugar y un momento de Canarias en el que los protagonistas tienen solo nombres propios y no apellidos.

Hay quien sueña con el pirata cojo, con dar con quien le haya robado el mes de abril o, directamente, con el bulevar donde los mismos sueños acaban por romperse. En Lanzarote existe una ensoñación colectiva que se transmite de padres a hijos, como un encantamiento perpetuo. Una fantasía hecha de tierra y mar donde las calles se olvidan del asfalto para permitir a la arena moverse a su voluntad, las puertas y ventanas de sus casas están teñidas de azul y verde, los surfistas se mezclan con los pescadores y una diminuta ermita recibe y se despide en primera fila del Atlántico. En esta isla, todos anhelan pasar el largo verano al abrigo de la Caleta de Famara y su imponente Risco.

Con veintipocos años, a Yolanda ya le habían quebrado el corazón un par de veces. Durante su época estudiantil, era habitual verla por Arrecife con la guitarra a cuestas, componiendo, cantando. Además de una voz dulce, su belleza tampoco pasaba inadvertida. La más alta del grupo, siempre, y con unos grandes ojos verdes que desprendían luz, como los de una gata en la noche. Yolanda soñaba poesía solfeada por el día y por la noche trabajaba de camarera para sufragarse sus sueños. Después de un par de años ahorrando, aspiraba a instalarse en Madrid y empezar a tocar en bares y pequeñas salas. Antes de eso, aquel último verano en Lanzarote sirvió sus últimas copas en el bar que más tarde echaba el cierre en Caleta de Famara.

Por su parte, Joaquín había aterrizado en la isla para tocar en las fiestas de todos los agostos. Si la población de aquel lugar no llegaba al millar de personas, esa cantidad se multiplicaba por siete durante los festejos. Llegar a la gran playa de Famara por carretera era una experiencia única, pensó. Dos curvas de casi noventa grados, y un cartel que recordaba que era un espacio natural protegido, precedían a un paisaje de esos que quedan grabados en la memoria para siempre. Al fondo, un macizo montañoso, el Risco, se imponía a la horizontalidad con una pared vertical de quinientos metros que cobijaba a su vez a una ancha playa que invitaba a ser recorrida de un lado para otro. Joaquín llegó al pueblo el mismo día del concierto, a la hora de comer. Su recital en el muelle comenzaba a las diez de la noche, por lo que tuvo el tiempo suficiente para relajarse al ritmo que los güisquis sin soda y el maldito tabaco le iban marcando.

Al atardecer, el fulgor ilumina con fuerza el Risco de Famara y sus jerárquicas paredes se tiñen de cálidos tonos rojizos y anaranjados. Como extensión, este bello momento se sonoriza con el silbido del viento y del incesante romper de las olas que, en conjunto, tanto aprecian los surferos locales. A esta hora llegó Yolanda al pueblo para empezar su turno en el bar, donde se sentía cómoda y en confianza. De hecho, el dueño era su tío, que estaba a punto de jubilarse y le dejaba a cargo durante las últimas horas antes del cierre. Aunque allí todo el mundo se conocía, era inevitable que, durante las fiestas, el trasiego de borrachos creciera hasta agruparse en un ejército. A pesar de la algarabía, ella reinaba detrás de la barra con tanta autoridad como simpatía.

Joaquín era un pez de ciudad y no había estado nunca antes en Canarias, por lo que andaba él sólo por ese pequeño rincón de Lanzarote con actitud más canalla que de costumbre. Al terminar el concierto, el salitre del mar había dejado surcos de sudor en su frente. Sería mentir el afirmar que luego retomó el ritmo de cubatas, porque en ningún momento cesó de empinar el codo. Incluso en el escenario. La calma comenzaba a reconquistar las calles de arena de Caleta de Famara y serpenteó entre sus casas blancas de carpintería verde y azul en busca del bar de Yolanda, que era el único que permanecía abierto, como le habían dicho los vecinos. Desde la calle se podía escuchar a los parroquianos agotando las últimas horas de la noche entre copas y cánticos. A Joaquín, que se sentía lleno de vitalidad, se le fue la fuerza por los pies al atravesar el umbral de la puerta azul del bar. Los ojos de gata de Yolanda se clavaron en la guitarra de Joaquín y los ojos de Joaquín se clavaron en los ojos de gata de Yolanda.

Doscientas pesetas pagó por el primer güisqui, no sin antes galantear con la canaria. Se prometieron mutuamente tratarse bien hasta que cerrara el bar, aunque por todos los cubatas que vinieron después, Joaquín pagó lo mismo. Para cumplir con su parte del trato, el jiennense desenfundó la guitarra y desde una esquina cantó de nuevo todo su repertorio, repitiendo el mismo concierto que había dado poco antes en el muelle. Si antes el mar se había grabado en su frente, ahora el humo camuflaba su figura. Desde la primera canción se dedicó a cambiar las letras para improvisar guiños directos a Yolanda. Con esa complicidad de las grandes noches en las que todo sale bien de manera inexplicable, sólo la camarera y él eran conscientes de ello. Durante unas horas se creó un universo sólo habitado por ellos dos. Miradas, rimas, sonrisas y poesía. Los parroquianos, que fueron abandonando el bar uno a uno, menguaron ignorantes de la torrefacción que se estaba produciendo.

Las noches libidinosas con mujeres de diferente origen se habían convertido en un modo de vida para Joaquín. Por su parte, Yolanda no compartía los secretos de su dormitorio con nadie más que con su guitarra, pero todo aquello era diferente de alguna manera. Para poder explicar la brisa que les regalaba el mar esa noche, se necesitaría de una canción porque palabras desnudas no bastarían. Ella, embelesada como hacía mucho tiempo, jugó con sus dedos en su espalda. Él, prendado como nunca, reaccionó como siempre, con curiosidad sobre lo que cubría su falda. Apoyados en la puerta azul del bar, sus dedos agarraron su melena con fuerza, tirando de ella hasta que sintió que un gemido salió de su garganta. Sus labios se juntaron una y otra vez en todas las farolas que tenía el pueblo, jugueteando sus lenguas con la misma pasión con la que rompían las olas. Parecía que ambos competían por ver quién era más penetrante, más placentero, más intenso. Cuando Yolanda se separaba para coger aire, permitía al músico de volver a caer en el pozo verde sus ojos. Ella suspiraba y él no dejaba pasar la oportunidad para introducir sus cálidas manos bajo su camisa. Antes de subir al hostal de Joaquín, se volvieron a besar, esta vez lenta y tiernamente, dejando la coreografía sin respiración a la pareja. El amor duró lo que duran dos peces de hielo en un güisqui en las rocas, pero cundió como diecinueve días o quinientas noches. Con el frescor de los vientos alisios en la mañana, se despidieron apenados, pero repletos de la felicidad que dan esas noches en las que todo sale bien.

Al llegar el otoño, a Joaquín le llegó el éxito musicando letras sobre la capital. Yolanda le escuchaba ilusionada en la radio entonar a duras penas eso de “Allá donde se cruzan los caminos / donde el mar no se puede concebir / donde regresa siempre el fugitivo / Pongamos que hablo de Madrid”. Parecía que era un mensaje para ella, una llamada al reencuentro. La canaria compró el billete de avión y tachaba los días del calendario para volar hacia ese Madrid el siguiente verano. Fantaseaba despierta con reunirse con Joaquín, aunque fuera en otro bar, aunque esta vez con dos guitarras. Mientras tanto, se esforzó por contactar con él en multitud de ocasiones enviando cartas a su discográfica. Lo intentó durante meses, pero nunca recibió respuesta y su esperanza se diluyó como la arena en el mar.

Llegó de nuevo el verano y Joaquín voló a la isla otra vez, en esta ocasión con su caché multiplicado. El mar de Famara le recibió con bandera roja, pero el pueblo seguía exactamente igual, o eso creía él. La fiesta de todos los agostos. No fue sino cuando puso pie en ese pequeño rincón de Lanzarote cuando se acordó de Yolanda. En un año no lo había hecho. Ella ya se había instalado en Madrid, con su guitarra a cuestas, reacia y tímida a abrirse a otros. Mezclada entre la gente. Su tío terminó por jubilarse y vendió el bar a un banco para que abriera la primera sucursal de la localidad. Joaquín, tan joven y tan pasional, vivía el placer y el dolor tan intensamente que todavía no los distinguía. Después del concierto en el muelle, preguntó por
Yolanda, pero nadie supo decirle ni media palabra. No había bar que abriera hasta tan tarde y deambuló con una botella y la guitarra. En el fondo, tenía la esperanza de encontrarla y rehízo el mismo camino que ahora idealizaba de farola en farola, pero no sucedió. Hacía un año había disfrazado de romanticismo una noche de sexo de la que él mismo era consciente de que no era como las demás. Su arrepentimiento tornó en violencia y, primero con la botella, y luego con piedras, la cargó con el cristal de la sucursal bancaria que había suplantado a la puerta azul donde se besaron por primera vez. Los guardias municipales se lo llevaron esposado mientras lloraba de rabia e impotencia. Con lo elocuente y deslenguado que era, se había quedado sin palabras para expresar tanto su dolor como el placer que le había obsequiado el pueblo. Cuando le liberaron, volvió al mismo hostal donde desnudos en la noche les había encontrado la luna. Allí cogió la guitarra y reunió las palabras exactas para recordar a Yolanda.

Pasear por aquella localidad hoy en día es como retroceder en el tiempo a un período sin teléfonos móviles y con niños disfrutando del verano en la calle y saltando al mar desde el muelle. O cuando podías pasar toda una tarde respirando salinamente el horizonte. Si Joaquín volviera a Caleta de Famara después de décadas, comprobaría que el reloj pareciera que se hubiera detenido para siempre. La única manera de salir de dudas sobre si todo fue un sueño fruto del alcohol y la nicotina sería recordar la canción que escribió en el hostal, testamento de un amor que no fue. En Lanzarote, aunque saben que es muy real, la gente sigue soñando con ese pueblo con mar.

SOBRE EL AUTOR

Eduardo Santana es un gestor cultural grancanario afincado en Madrid y con experiencia en centros de artes escénicas en ambos lados del Atlántico. Con frecuencia semanal, nos zambullirá en la realidad del archipiélago utilizando a relevantes personajes de la cultura como pretexto.

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