Gelu Barbu, una tele y un guerrero guanche

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‘Aislados’ viaja al pasado para inmortalizarlo. El autor decide qué extraer del anonimato para conseguir que los personajes intrahistóricos continúen vivos en el recuerdo de los lectores. El retrato de un lugar y un momento de Canarias en el que los protagonistas tienen solo nombres propios y no apellidos.

-¿Quieres algo, niño? -Bailar. Miguel tuvo la suerte de crecer en un hogar en el que se profesaba amor por las artes, por lo que la curiosidad de su versión infantil se veía recompensada. Sus primeros coqueteos con la creatividad le llevaron a apropiarse de unas baquetas en una banda de música, pero sus aspiraciones estaban dirigidas a otro arte, el de la danza. Con la fortuna arrinconándole a su destino, una sucesión de mudanzas de sede de su agrupación musical coincidió con la cercanía de la escuela de danza de Gelu Barbu. Miguel, con dieciséis años, se colaba a fisgonear en los ensayos siempre que podía, fascinado por lo que allí sucedía. Una tarde, aquel señor rumano, alto y fibroso que daba nombre a la academia le hizo la pregunta que tan simple e instintivamente contestó.

El niño al que se le prohíbe bailar bajo la lluvia, por temor a que se lastime o se le pegue algo, se ha perdido algo magnífico, algo realmente bello. Además, cuanto más se le protege, más
vulnerable se vuelve. Asimismo, cuanto más se le deja hacer, más inmune se vuelve. El poder ser independiente no significa mucho en sí mismo para realizarse como persona. Claro que es indispensable no sufrir yugos, pero también es necesario que nos planteemos para qué queremos ser independientes. Existe la libertad de las prisiones, de la familia o de religión, pero también existe la libertad para expresar, para cantar o para bailar, lo que nos otorga el infinito regalo de la creatividad. No basta con poder hacer lo que nos dé la gana cuando queramos, se necesita un propósito.

Gelu Barbu se formó en San Petersburgo en la misma escuela a la que asistieron estrellas como Barýshnikov o Nureyev y llegó a ser primer bailarín de las Óperas de Bucarest, Oslo y Nuremberg. Desde los ocho años comenzó en el mundo de la danza apoyado por sus padres, que nunca se opusieron. Su madre, pintora, y su padre, compositor, eran igualmente artistas y le animaron a que cumpliera sus anhelos. Ya consolidado, pero también oprimido por la dictadura rumana, huyó de su país aprovechando una función en Berlín, provocando que el sátrapa Ceauçescu le declarara persona non grata durante treinta años. Tras pasar un lustro en países del norte de Europa, Barbu llegó por consejo médico a Gran Canaria en busca de unas temperaturas suaves que le ayudaran a sanar una lesión de espalda. Sin embargo, incluso curado ya de sus afecciones, terminó afincándose en Las Palmas, donde desarrolló su faceta como coreógrafo tutelando a varias hornadas de bailarines y fundando la primera compañía de ballet clásico del archipiélago.

De pequeño, Miguel tenía entre sus recados el salir a por la prensa diaria, ocasión que aprovechaba para ojear las páginas culturales en busca de noticias de ballet, tan escasas siempre. Deseaba viajar al planeta del baile, pero no sabía ni dónde se compraban los billetes. Mucho antes de aquel encuentro con Barbu, compartía noches atrapado por el televisor junto a su padre, gran melómano. Los primeros acordes de la obertura de El Lago de los Cisnes servían como aviso de un programa de danza que Miguel y su progenitor no se perdían, dejando un poso de ensoñación que le duraría eternamente. Con posterioridad, al acogerle Gelu Barbu en su escuela, comenzó la forja de tres relaciones con tres amantes diferentes con tres vínculos particulares. Dedicación y lealtad por su maestro, pasión y entrega por la danza y amor y sentimiento por Wendy. Alumna como él, Miguel se enamoró de ella entre las barras y espejos de la academia.

La danza es para hombres valientes. Aunque la evolución respecto a muchos prejuicios contra los bailarines es palpable, es la única de las Bellas artes que se asocia a un género concreto. Es más, la figura masculina en la danza clásica surge como una protección para la mujer y por la necesidad de proyectar fuerza, poder y belleza a la vez, pero son ellas las indiscutibles protagonistas de este arte como representación pura de la delicadeza y fragilidad en el ballet. Caerse, levantarse, romperse una pierna… no existen muchas diferencias entre el ballet y cualquier deporte profesional extremo. Incluso es más arriesgado y exigente que todos ellos, ya que no se utilizan protecciones. En el ballet, sólo existen el cuerpo, el piso, el control, un par de zapatillas y las mallas. La danza surge de la necesidad que tenemos de expresarnos, por lo que
es inherente al ser humano. Las emociones más básicas se exteriorizan a través del movimiento, siendo el reflejo de nuestra esencia, que utiliza nuestro propio cuerpo para comunicarse con el mundo que nos rodea. Sólo hay que fijarse en cómo los niños, inocentes y liberados de las cadenas de la vergüenza, se mueven y agitan sus cabezas y extremidades cuando suena la música.

Barbu calificó de “flechazo” a la sensación que tuvo cuando puso el pie en tierras canarias. Aborrecía los inviernos continentales y la playa de Las Canteras le engatusó con sus perpetuos veintitrés grados centígrados. Nunca se planteó el irse. Además, al poco de su llegada tomó contacto con el núcleo artístico más fuerte de la ciudad que le animó a poner la primera piedra de todo lo que vino después. César Manrique, Pepe Dámaso, Lola Massieu o Néstor Álamo. “¡Baila para mí!”, le pidió Manrique al concederle el honor de ser el primer bailarín que pisaba el escenario natural que había ideado en los Jameos del Agua, en Lanzarote. Antes de eso, la presencia masculina en los primeros años de su escuela generó una polémica inaudita. A comienzos de los setenta, la incorporación de los hombres a su alumnado originó el mismo ruido en la prensa y la opinión pública que la propia apertura de la compañía. La mentalidad de la sociedad en aquella época convulsa no contemplaba el acceso de varones a la danza y esta apertura significó un avance que ya no tuvo freno. Poco después, montó su primera coreografía en Las Palmas con motivo de un homenaje al artista Manolo Millares, espectáculo que le inquietaba ya que el pintor grancanario era un comunista declarado y al régimen franquista no le hacía mucha gracia. De todas maneras, si Barbu había huido en busca de la libertad de ser y para ser, no iba ahora a autocensurarse.

En el ballet, la técnica es como la palabra en el teatro. Para dominarlas se necesitan muchos años de entrenamiento y sacrificio constante. Además, la danza requiere de espíritu ya que los bailarines son también actores en el escenario. Gelu Barbu fue un inseparable maestro para Miguel y estas fueron algunas de sus enseñanzas principales, aunque el canario no cesó de nutrirse de otros profesionales en el extranjero durante su carrera. Es más, en algún momento se le presentó la ocasión de unirse a alguna de las grandes compañías de Europa, pero la declinó y siguió junto a Barbu, que le consideraba, junto a Wendy, como su hijo espiritual y sucesor. Casi cuatro décadas después de aquel primer espectáculo que le inquietaba, Barbu todavía sufría los conocidos nervios que tiene cualquier artista antes de exponerse al público. Siguió vistiendo las mallas hasta que pudo y con setenta y seis años dirigió, coreografió y bailó junto a su alumno aventajado, Miguel, un ballet dedicado al héroe guanche Doramas. Una especie de tributo mutuo entre el pueblo canario y el bailarín rumano. Fue la última vez. Pisar las tablas y salir a bailar seguía alterando sus niveles de adrenalina, pero no había nada más bello para él que el ver progresar a sus alumnos en la escuela.

Gelu Barbu se sintió exiliado en Alemania o en Noruega, pero nunca en Canarias. “Esta es mi segunda patria, casi la primera, pues he hecho más cosas aquí que en mi país”, decía. Hablaba siete idiomas, profesaba amor al trabajo, era comprometido, paciente y con sentido del humor, tenía un vasto conocimiento del arte y, con todo eso, su motivación diaria residía en la formación de los jóvenes. El arriesgarlo todo huyendo de la dictadura no fue lo que le hizo libre en su vida. Fue bailar lo que le dio sentido a esa otra libertad. Cuando Barbu ya no estuvo, Miguel y Wendy continuaron con una academia que ha producido desde sus inicios un centenar de discípulos que ejercen bien como profesores o como bailarines. El artista rumano no era religioso, pero creía en algún tipo de fuerza suprema que provocaba que todos fuéramos energía. Sospechaba que siempre iba acompañado de un ángel de la guarda hecho de la energía de su padre y que ese ángel bailaba. De tener razón, no habría duda de que la energía de Gelu Barbu se quedó en Canarias para acompañar los movimientos en el aire de muchas generaciones de bailarines.

SOBRE EL AUTOR

Eduardo Santana es un gestor cultural grancanario afincado en Madrid y con experiencia en centros de artes escénicas en ambos lados del Atlántico. Con frecuencia semanal, nos zambullirá en la realidad del archipiélago utilizando a relevantes personajes de la cultura como pretexto.

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