Eliseo Meifrén Roig, los pejeverdes y cinco pesetas

 En Aislados, Noticias

‘Aislados’ viaja al pasado para inmortalizarlo. El autor decide qué extraer del anonimato para conseguir que los personajes intrahistóricos continúen vivos en el recuerdo de los lectores. El retrato de un lugar y un momento de Canarias en el que los protagonistas tienen solo nombres propios y no apellidos.

Esta es una historia de ida y vuelta, como las mareas. Sólo las personas que han vivido desde que nacieron cerca del agua, y luego emigraron a tierras secas, saben realmente a qué huele el mar. Esa primera vez que se huele tras un tiempo alejado embriaga en melancolía y desconcierto. No es que antes no fueran capaces de olerlo, no es eso. Es que ese olor sin parangón recuerda el tiempo que hemos estado distanciados de él, nos recuerda quiénes somos. Acaso podrá ser el instinto evocando que del mar vinimos y allí volveremos. Se puede estar lejos de él y a la vez tenerlo encima, dentro. Se dedica a llamarnos.

Mar en reposo

A Néstor, la invocación del arte le llegó desde temprana edad y con tres años ya realizaba sus primeros dibujos. Su madre, que se dedicaba a la confección de refinados sombreros para las damas de Las Palmas, pronto intuyó el artístico porvenir del mayor de sus siete hijos y lo educó en la lectura, la música y la pintura. Al contrario, su padre mostró durante años su oposición esperanzado con que le sucediera en su negocio de banca y préstamos comerciales. Entre las dos opciones, el joven Néstor se inclinó por la vida bohemia y la inacabable vitalidad que esta le ofrecía sumergida en un mar de inseguridad, muy alejado de la tierra firme de una existencia rutinaria que le hacía avistar su padre.

En el cambio de siglo llegó a Gran Canaria el reputado paisajista catalán Eliseo Meifrén Roig, adscrito al impresionismo y dispuesto a dejar huella en la isla. Su atracción por el mar era esencial en su obra y sus trazos, a la vista desordenados, estaban dotados de profundo lirismo. Él mismo se denominaba marinista, nada de paisajista. Cómo no, se instaló en el barrio pesquero de San Cristóbal y su casa se convirtió en una especie de academia que acogió a un grupo fiel de jóvenes artistas ávidos de nuevas influencias. Meifrén tomó como discípulo a un adolescente Néstor y, durante los meses que estuvo con él, acabó identificándose con su estilo. Pincelada rápida, desenvuelta y un cierto regusto por los contrastes lumínicos. Era su alumno aventajado y le animó a presentarse a distintos concursos pictóricos del archipiélago, aunque apenas acababa de dejar atrás la infancia. El potencial de Néstor ya se adivinaba y arrasó en todos ellos. Además, los títulos de sus obras también vislumbraban sus intereses: Paisaje, Marina, Naufragio. Tenía trece años y su precocidad hizo que se fraguara un mito en la ciudad que identificaba a sus fantasías como una bienvenida a la modernidad. Las primeras olas del éxito le llegaron en una época formativa en la que se dedicó a copiar la naturaleza tal como él la percibía. Sentía que todo el mar cabe en un cuadro y le hace el amor al pintarlo. Rojo, violeta o amarillo, entendía que el Atlántico era más que el azul reflejo del cielo.

Bajamar

En poco tiempo, el mar sube y baja sin compasión, arrastrando todo lo que baña hacia lo inexplorado. La marea es un fenómeno intenso, propio de un mundo vivo como el nuestro. Nos sigue causando impresión que la arena bajo nuestros pies, las conchas y las piedras que vemos hayan estado bajo tres metros de agua salada escasas horas antes. Por muchas explicaciones científicas que lo justifiquen, no deja de asombrarnos.

Gracias a la influencia de Eliseo Meifrén Roig, valedor y amigo para el resto de su vida, Néstor aprovechó una inesperada bajamar y se dejó arrastrar hacia lo desconocido por primera vez. Abandonó Canarias para trasladarse a Madrid y empaparse de las corrientes artísticas en las que se navegaba en la capital. Eran quince años los que tenía y su madre le ayudaba a sufragar los gastos frente a la todavía contrariada postura de su progenitor. Es este momento un punto y seguido en su experiencia vital. Por vez primera, vive surcando aguas abiertas y descubre el magnetismo de la vida cosmopolita de otras ciudades como Barcelona, Londres o París. Amante de las tertulias, la vie en rose y de estar rodeado de artistas, su vida social predominó durante años sobre sus horas en el taller. Fuera del entorno familiar, alternó intensos momentos de inspiración con otros largos periodos de languidez artística. No fue sino en sus estancias en Las Palmas, a la que volvía todos los veranos para estar cerca de su madre, donde trabaja infatigablemente en sus proyectos.

Durante años, se dejó llevar por la corriente y se mueve por Europa con cartas de recomendación del propio Meifrén que le van ayudando a abrir puertas. Es más, en Barcelona este le introduce en los círculos artísticos y literarios donde traba amistad con figuras como Isaac Albéniz, Santiago Rusiñol o Enrique Granados, a quien incluso retrata. El éxito apoteósico de sus exposiciones en Madrid alza el nombre de Néstor a la altura de otros pintores contemporáneos como Sorolla, Romero de Torres o Zuloaga. Es el encargado de la escenografía del estreno de El Amor Brujo de Manuel de Falla y echa el ancla en los cafés de la metrópoli departiendo con Unamuno, Pérez de Ayala, Gómez de la Serna o Jacinto Benavente. Se rodeó de tantas mentes brillantes que no encuentra ni la concentración ni el tiempo para pintar sus sueños de sal pues, cuando no era seducido por la bohemia intelectual que le hacía salir del taller, era esta la que acudía a él. Por lo tanto, decidió volver más a menudo a Gran Canaria y allí desatar una tormenta de imaginación y color.

Borrasca

Cuando ruge el viento y se agitan las olas, ruge la vida y se agitan los colores. El celaje turbulento vierte un reflejo sinfónico de rompientes y peces que se sacuden al aire. Los seres acuáticos se transforman y vuelan en destellos multicolores escenificando lo que es luchar contra viento y marea en una metáfora de la vida. El mar construye y erosiona. Nos hace flotar y nos hunde.

En un vendaval creativo, Néstor se dedicó a la ejecución de la obra cumbre de su carrera, el Poema del Atlántico. Una creación compuesta por ocho lienzos que representaban simbólicamente los diferentes estados de la mar según las horas del día, la meteorología y las mareas. Abrió un estudio en la playa de Las Canteras y se entregó a la investigación plástica de las aguas, fauna y fondos marinos. Acumuló centenares de acuarelas y dibujos que fundían remolinos de luz pigmentada con el movimiento de vigorosos cuerpos en el agua. Todo hedonismo. Para inspirarse, se subía a una barca, y con una cubeta de cristal, observaba los entresijos de las profundidades. Además, los pescadores le suministraban todo tipo de peces que estudiaba meticulosamente. Fulas, barrigudas, estrellas, palometas, sargos, pulpos y pejeverdes. En su estudio, los colgaba de una hebra de hilo hasta que se descomponían. La pestilencia debía de ser insoportable, pero sólo cuando su madre le visitaba en plena faena y le reñía por ello, se deshacía de su cardumen putrefacto.

Desde la Península se creó mucha expectación por el Poema del Atlántico y se organizó su presentación en sociedad en lo que era el Palacio de Bellas Artes de Madrid. Acudió tanta gente que se hizo imposible la contemplación del ingenio de Néstor. La instalación, a cargo del propio artista, inundaba la sala de un olor a marisma que potenciaba la ensoñación del público. Alucinaciones eróticas con personajes musculados de piel bronceada y labios sensuales. Una bacanal marina. Abrazos de salitre retorcidos en un mar de deseo y luz. Para agobio de Néstor, la crítica lo acogió con entusiasmo, obligándole a aplicarse para atender por igual tanto a los visitantes de la exposición como su noctámbula vida bohemia. El pintor era ya una personalidad consolidada en la escena cultural y sus amistades, reflejo de ello. De hecho, Salvador Dalí fue su ferviente admirador y lo evidenció en alguna de sus obras en las que ilustra grandes peces y cuerpos desnudos. De Néstor, decía Rafael Alberti que era la persona más culta que había conocido. Asimismo, la camaradería con Federico García Lorca llegó al extremo de que el poeta granadino le apodaba cariñosamente “Durero” haciendo una analogía entre el pintor alemán del mismo nombre y las constantes monedas de cinco pesetas, llamadas “duros”, con las que Néstor le ayudaba a salir a flote.

Pleamar

La orilla que acoge la partida y la llegada es la misma. Cuando su arena se pinta de agua oscura es un presagio de lo que está por volver, un sabio modo de sentir el tiempo. Lo que arrastró el mar, está de regreso. Como Néstor, quien siempre tuvo a Gran Canaria en su mente y en sus lienzos y terminó por fijar su residencia en la isla, a pesar de bogar desde la proa del arte. Habían transcurrido más de tres décadas desde que recorriera el litoral canario enriqueciendo su paleta junto a Eliseo Meifrén Roig. A su maestro catalán le unió una gran empatía personal y artística, reconociéndole haber sido su primera referencia y un defensor de la libertad de su pulso creativo. Le dio alas, o, mejor dicho, aletas.

El Poema del Atlántico era sólo una parte de una ambiciosa aspiración que la muerte prematura
de Néstor truncó, el Poema de los Elementales, que, además del mar, abarcaba el inconcluso
Poema de la Tierra y los Poemas del Fuego y del Aire, que tan sólo pudo imaginar. Su pintura era
color, voluptuosidad, era un canto al amor, a la naturaleza, a la fauna y flora local, al ser humano, a Canarias, al mar. Un prodigio del simbolismo que le sitúa en el altar de las artes plásticas, pero que no está debidamente representado en las colecciones estatales. Néstor se cotizaba a sí mismo muy alto, dado el carácter de su obra concebida como museable, pero, paradójicamente, aunque los museos la deseaban, no la adquirían por su elevado precio. Tal vez las mareas sean complicadas. Flotamos en un mar ignorando nuestro destino, pero conociendo cómo funcionan las mareas, cómo suben y cómo bajan. Aun así, nos asombran y asustan. Aun así, las seguimos y nos dejamos arrastrar. Si no, nunca sabremos si perdimos nuestro derecho a la aventura más allá de una vida en tierra firme.

SOBRE EL AUTOR

Eduardo Santana es un gestor cultural grancanario afincado en Madrid y con experiencia en centros de artes escénicas en ambos lados del Atlántico. Con frecuencia semanal, nos zambullirá en la realidad del archipiélago utilizando a relevantes personajes de la cultura como pretexto.

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