Celia Cruz, un pasodoble y una mesita de noche

 En Aislados, Entrevistas, Sin categorizar

‘Aislados’viaja al pasado para inmortalizarlo. El autor decide qué extraer del anonimato para conseguir que los personajes intrahistóricos continúen vivos en el recuerdo de los lectores. El retrato de un lugar y un momento de Canarias en el que los protagonistas tienen solo nombres propios y no apellidos.

La cantante cubana se movía por Santa Cruz de Tenerife en un Mercedes y escoltada por la Policía Local. Su trascendencia era tan estelar que el resto de los coches y peatones, cuando se daban cuenta de que era ella, se apartaban para dejarle paso. En general, la ilusión que se respiraba en la ciudad era el caldo de cultivo perfecto para que Celia Cruz y los canarios entraran unos días más tarde en el popular libro de los récords.

Aquella edición de 1987 fue la primera en la que el Carnaval santacrucero fue tematizado y Roma resultó ser la alegoría escogida. El perímetro de la Plaza de España, centro neurálgico de las fiestas, fue rodeado de una columnata que recordaba al estilo jónico, dándole el aspecto de templo romano de planta circular. El portal del dintel de cada par de columnas estaba adornado por dos chicharros coronados con laureles. Para los profanos, el chicharro es un pescado pequeño y barato de relativa baja calidad que sirvió de alimento a los habitantes de la ciudad cuando esta no pasaba de ser un pueblo pesquero. De ahí el coloquial gentilicio de chicharreros.

Javier es uno de los periodistas chicharreros históricamente más ligados al Carnaval y vivió con especial emoción aquellas semanas. De hecho, fue de los primeros que firmó informaciones especializadas de las celebraciones en las páginas de la prensa canaria. Fue a principios de los años ochenta y nunca antes las fiestas habían gozado de espacios exclusivos en los diarios. Poco después de aquel hito, aterrizó en el mundo de la radio de la mano de un programa de corte latino pionero en el país al que bautizó Échale Salsita. Aparte de dirigir y presentar el programa, se lanzó de lleno a la producción de espectáculos musicales del género latino como Juan Luis Guerra, Rubén Blades o Celia Cruz. Javier todavía recuerda el nerviosismo que le producía sentarse ante el micrófono para hacer una hora de radio, aunque su apuesta por las ondas le regaló la alegría de ser escuchado cada noche a nivel nacional después de un clásico programa deportivo. Acabó volando en solitario para fundar su propia emisora en la que Échale Salsita seguiría difundiéndose. En los principios, las instalaciones eran tan precarias que ni siquiera tenían un estudio insonorizado y las cuñas se tenían que grabar de madrugada para que no se colara el ruido de la calle.

Celia Cruz falleció en 2003 sin haber vuelto a su Cuba natal desde que abandonara el país caribeño en 1960, desencantada por los horrores cometidos por el castrismo y censurada por este. Cuando su madre murió y quiso llorar su pérdida, Fidel no le permitió pisar tierra cubana. Durante muchas décadas, su música estuvo vetada en las radios de la isla, aunque siempre se pudieron escuchar sus inconfundibles ritmos escapándose por las ventanas a bajo volumen. De hecho, estuvo una vez de visita con la emigración de los balseros, pero en la parte estadounidense, en la base militar de Guantánamo. Había una cerca divisoria entre la base naval y su adorada patria. Caminó hasta ella, se paró, metió la mano por debajo y recogió tierra cubana del otro lado. Al enterrar a Celia en Nueva York, lo hicieron con ese puñado de Cuba que ella había recogido personalmente. Tan cerca y tan lejos, el mismo pensamiento le encogía el corazón en cada ocasión que sobrevolaba las cálidas aguas del Caribe. Era una persona colosalmente positiva y de enorme valor. Siendo mujer, negra, pobre y emigrante, salió de la isla y conquistó el mundo sin ningún padrino que la catapultara. Hasta a la propia enfermedad que padeció al final de su vida le miró el lado amable, luchando sin decaer y repartiendo azúcar con su voz. La Vida es un Carnaval.

En Canarias ya se sabía que la salsa y la música latina gozaban de gran tirón, por lo que para el Carnaval ambientado en el Imperio Romano se decidió apuntar a lo más alto fichando a la Reina de la Salsa. Javier fue parte de una comitiva de tinerfeños que voló a la tejana San Antonio, primero, para tratar el hermanamiento de la ciudad con Santa Cruz y a Nueva York, luego, para cerrar la contratación de la cubana. Como adelanto del caché, llevaban con ellos miles de dólares en efectivo metidos en un sobre que durmió debajo de una Biblia de la mesita de noche del hotel. Cuando partieron a Nueva York, el sobre se quedó atrás. Después de sudorosas gestiones, el sobre fue remitido por mensajería sin que se echara en falta ni un sólo dólar. Eran años en los que todo parecía posible porque había mucho por hacer y Javier era de esas mentes despiertas necesarias en contextos como este. En Nueva York, Javier terminó de convencer a la que ya era su amiga Celia Cruz y a su representante para convocar a toda la isla de Tenerife a un gran baile de Carnaval.

A posteriori, llegó a ser tan fuerte su conexión, que Celia confesaba que en suelo canario sosegaba su añoranza de Cuba y que actuaba en trance como si hubiera regresado a cantar y bailar en su tierra. Como un espejismo en otra isla y otro mar. Había actuado varias veces con anterioridad en el archipiélago y también lo siguió haciendo después de aquel Martes de Carnaval de 1987. Incluso disfrutó de varias vacaciones en Tenerife con toda la discreción que se podía permitir, pero su concierto de esa noche marcó un referente. La realidad es que casi media isla se dio cita en el templo romano de cartón piedra y alrededores para registrar el récord mundial de concentración de personas bailando en un sólo lugar. Varias orquestas arropando a Celia y su voz proyectada en el alma de su gente, en el cuero del tambor, en las manos del conguero y en los pies del bailador. El nombre de la cantante brillando en láser y tantos vatios de sonido como nunca se habían instalado para lograr una marca de 250 mil personas danzando. Para hacerse una idea de la magnitud, la población de Santa Cruz no llegaba a los 200 mil habitantes.

Poco después de una década del concierto, Javier contó con la presencia de la intérprete para que amadrinara la inauguración de los nuevos estudios de la emisora que había levantado, tan limitados hasta ese momento. Allí la entrevistó en directo. Desde entonces, la estación permanece en el dial canario entregada al sonido digital, llevando la salsa, el merengue o la bachata a todo el planeta a través de internet y distintas plataformas internacionales. La cadena fue reconocida en 2018 como mejor emisora de radio nacional de música latina en los Premios Día Mundial de la Radio, siendo la primera vez que una estación canaria recibía una distinción en estos galardones.

En vida, Celia Cruz constituyó la mejor embajadora de las carnestolendas tinerfeñas. Como valedora del Carnaval, exportó una imagen colorida y dicharachera de la fiesta que justificaba ante los foráneos que los canarios no se habían vuelto locos de remate entre tanto disfraz, pelucas y pintura. Conocida como la guarachera más feliz del mundo, se agarró a la relajación y al relajo de Canarias para calmar su añoranza por el Malecón de La Habana y su barrio de Santos Suárez. Encontró a sus cubanos de una isla ajena. Con su voz inconfundible y extrovertida exportó a los cinco continentes la salsa, ese ritmo bastardo mezcla de sonidos afrocubanos y jazz. Irrepetible, dicen de ella que cuando nació, compró todo el sabor y lo agotó.

El mismo año del fallecimiento de Celia, Javier se resignó a abandonar la locución debido a la afección de una cuerda vocal. Una coincidencia emocional que no le alejó de la radio, sino que le centró en la dirección y producción, recordando con asiduidad que el trono de la salsa todavía pertenece a la voz de la madrina de la emisora. En 1987, la Reina de la Salsa se convirtió también en la Reina del Carnaval. Para acabar el espectáculo, dedicó a los asistentes el pasodoble Islas Canarias a capela en uno de los momentos más recordados de los que han sucedido en un escenario en el archipiélago. Un éxtasis conjunto. Lo de la artista cubana representa uno de esos casos de adopción que, por infrecuente y lejanía, se convierte en modelo de mutuo respeto y amor sincero. Su nombre está inmortalizado en el callejero de la ciudad y fue nombrada la única Reina de Honor del Carnaval de Santa Cruz de Tenerife. Celia Cruz quería de verdad a las Islas Canarias y estas le siguen correspondiendo.

“Mientras pase una comparsa con mi rumba, cantaré, seré siempre lo que fui, con mi azúcar
para ti, yo viviré, yo viviré…”

SOBRE EL AUTOR

Eduardo Santana es un gestor cultural grancanario afincado en Madrid y con experiencia en centros de artes escénicas en ambos lados del Atlántico. Con frecuencia semanal, nos zambullirá en la realidad del archipiélago utilizando a relevantes personajes de la cultura como pretexto.

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