Brad Pitt, una sudadera y un bote de papas

 En Aislados, Canarias, Noticia Principal

‘Aislados’ viaja al pasado para inmortalizarlo. El autor decide qué extraer del anonimato para conseguir que los personajes intrahistóricos continúen vivos en el recuerdo de los lectores. El retrato de un lugar y un momento de Canarias en el que los protagonistas tienen solo nombres propios y no apellidos.

El vuelo del equipo de rodaje llegó al aeropuerto de Gran Canaria con retraso debido a precauciones por alerta terrorista. Ese mismo día, un avión que había salido de París rumbo a El Cairo había desaparecido sin explicación oficial y un ligero nerviosismo turbaba los ánimos. La llegada del actor era muy esperada y, de camino a Las Palmas, su coche sufrió una persecución fuera de lugar. Aunque no hubo ánimos lesivos aparentes, el trabajo de Alexis como guardaespaldas cobra sentido desde la prevención. Es la persona encargada de identificar el riesgo y anticiparse antes de que la situación se desborde, actuando con estrategia y planificación. Como cuando luchaba en el tatami.

Hay multitud de razones por las que un ciudadano decide contratar los servicios de protección de un escolta o guardaespaldas privado. Se puede ser una persona célebre, un hombre de negocios, una figura pública, un artista o se puede ser todos. De adolescente, a Alexis le metieron en la cabeza el sueño de competir en unas Olimpiadas, pero no estaba por la labor. Le gustaba el judo, sí, incluso se sabía con pericia, pero sus energías se focalizaban en su banda de rock, no tan buena.

Huye Brad Pitt de los hoteles cuando tiene que rodar, por lo que decidió alquilar la clásica vivienda de la antigua burguesía canaria, con dos plantas y patio central. No iba a estar más de tres días pernoctando en el barrio histórico de Vegueta y su alojamiento se guardó con tanto celo como discreción. A Alexis le tocó hacer relevos de incógnito con sus compañeros. Después de una década trabajando como vigilante de seguridad en varios hoteles del sur de la isla, decidió hacer el curso de escolta privado, lo que le habilitaba para trabajos como este y ganar algo más de dinero. Aun así, siempre sintió que no le tomaban en serio, empezando por sus empleadores. Como añadido, su sector tenía que lidiar con el intrusismo, márgenes ajustados y salarios a la baja. Sea como fuere, aunque su cliente poseyera una fortuna de más de 300 millones de dólares, era un trabajo más. No distaba mucho de cuando vigilaba la piscina de aquel hotel para que los guiris despistados no se colaran con nocturnidad. En esta ocasión, la mayor singularidad recayó en que el escoltado pidió el favor de que le agenciaran un par de botes de papas de esos de cuando haces pop, no hay stop.

El barrio de Los Arenales pasó a convertirse en la ciudad marroquí de Casablanca. “Sabía lo mucho que te amaba…lo mucho que te amo”, le decía Ingrid Bergman a Humphrey Bogart mirándole a los ojos en la famosa película homónima. Luego viene un beso de esos en los que amor y deseo se contagian para quedar en la memoria. El primer beso ficcionado de Brad y su partenaire se fraguó en la misma ciudad y época convulsa, envuelta en colonialismo. Las calles Canalejas y Perojo se cerraron para la ocasión mientras decenas de vecinos esperaban ávidos de una fotografía en la lejanía, móvil en mano. Durante horas, no podía salir en primer plano nadie más que Alexis. Le hacía gracia la coyuntura y aguantaba estoicamente las chanzas de los allí presentes. En los conciertos que daba con su banda, los teléfonos todavía no incorporaban cámaras. Acaso el buscaminas. Como guardaespaldas, debe procurar permanecer en la ajenidad del ojo público todo lo posible. Va con el sueldo. Vestido con camisa clara, corbata azul y tirantes, figura apolínea y peinado clásico, un amable “Hola, guapos” del estadounidense se replicó con griterío y tormenta de flashes. Lo mismo sucedió en los alrededores de la Plaza de Cairasco y la Alameda de Colón. Aquí, en la ficción, el personaje protagonista se apea de un coche de época para entrar en el recreado Hotel Rivoli, donde le espera una agente de la Resistencia francesa. Luego, la pareja se sube al auto y se aleja del lugar. Volviendo a nuestra realidad, el barrio está plagado de balcones típicos canarios de madera, zonas adoquinadas y fachadas de piedra que se conjuntan bajo distintos estilos arquitectónicos, evidencia histórica de varios siglos de influencias foráneas. Fueron unas fotografías del Gabinete Literario lo que terminaron de convencer al director de elegir Las Palmas como localización clave de la película. En la gran pantalla, todo se convierte en un zoco marroquí o las calles del protectorado francés.

En un breve descanso de la filmación, Brad Pitt se acercó a las vallas que delimitaban la zona de trabajo para dedicar otro “guapos” a los vecinos. Estos comenzaron a agolparse hacia el cercado aprisionando a una joven llamada Claudia, que llevaba cuatro horas esperando en primera línea. Percibiendo el actor el agobio de la niña, se acercó para intentar sacarla hasta que lo consiguió con la ayuda de un compañero de Alexis y de la propia madre de la pequeña, que se agachó para empujarla hacia arriba. El guardaespaldas se hizo un corte en el brazo con la valla y también tuvo que ser atendido. Poca cosa. Tras ser atendida por los sanitarios, la niña presenció de cerca cómo maquillaban al actor en el camerino y rodaba el resto de planos de la noche. Desde ese momento, con mediana distancia, Alexis no quitó ojo de Claudia y de su madre hasta que abandonaron el set. Por su parte, si no estaba delante de las cámaras o repasando las escenas con el director, la estrella le dedicaba muecas de cariño y, antes de irse, se acercó sin quitarse su elegante sombrero tipo fedora para sacarse unas fotografías con ella. Estaba Claudia tan feliz que al día siguiente fue al colegio con la misma sudadera que llevaba puesta por si eso ayudaba a que le creyeran. Y eso que las imágenes dieron la vuelta al mundo.

Después de todo el trajín, tan cerca estaba la casa alquilada que Alexis y sus compañeros escoltaron al de Misuri de vuelta a pie. La estampa de este, todavía caracterizado de época, se mimetizaba con la arquitectura y el suelo empedrado de no ser por el bote de papas, que no soltaba, y el escuadrón que le rodeaba. Alzó Brad la mirada al pasar el Barranco Guiniguada y le llamó la atención el colorido mosaico que ofrece en las alturas el Barrio de San José. Quizás le evocó a Río de Janeiro, quién sabe. Seguidamente, nadie le supo contestar cuando preguntó qué demonios hacían esos canes de hierro a los pies de la Catedral ni tampoco el estilo arquitectónico de una construcción que tardó cuatro siglos en edificarse.

Para trasladarse al set de la antigua fábrica de hielo de El Puerto, Alexis viajó en el asiento del copiloto del Jeep blanco que alquiló la productora. Antes, a la hora de comer, le habían llegado por correo las últimas indicaciones de su jornada del día siguiente, poco equiparable en glamur. El lugar de trabajo hoy era un cuartel del ejército nazi, mañana el exterior de un chalé con piscina y jardín. Hubo explosiones, coches cubiertos de llamaradas, un Rolls-Royce, sidecars, motos, carruajes cargados hasta arriba y tartanas llenas de figurantes. Trasiego de nazis para arriba y de gendarmes para abajo.

A Alexis le habían ofrecido viajar al día siguiente a Fuerteventura, opción que rechazó, donde la producción proseguiría durante tres jornadas en las dunas del Parque Natural de Corralejo y en el municipio de La Oliva. Le pagaban mucho mejor y se incluían dietas por desplazamiento, pero Alexis tiene dos niños a los que dedica casi el mismo tiempo que a sus ocupaciones profesionales. En Fuerteventura, Brad prescindió del Jeep y se movió en moto. Además, se le vio llegar al set siempre con el famoso tubo de papas. Por su parte, Alexis pasó esos tres días en el interior de un coche, en turnos de 12 horas, enfrente de la casa de un político que no salió muy bien parado de su último cargo. En el asiento del copiloto, Alexis, la guardaespaldas, canturreaba y se lamentaba de que no hubiera muchas mujeres como ella liderando bandas de rock.

SOBRE EL AUTOR

Eduardo Santana es un gestor cultural grancanario afincado en Madrid y con experiencia en centros de artes escénicas en ambos lados del Atlántico. Con frecuencia semanal, nos zambullirá en la realidad del archipiélago utilizando a relevantes personajes de la cultura como pretexto.

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