Bono, un pulpo rosa y unos loros revolucionados

 En Aislados, Canarias, Música, Ocio

‘Aislados’ viaja al pasado para inmortalizarlo. El autor decide qué extraer del anonimato para conseguir que los personajes intrahistóricos continúen vivos en el recuerdo de los lectores. El retrato de un lugar y un momento de Canarias en el que los protagonistas tienen solo nombres propios y no apellidos.

Me desperté con una resaca que me martilleaba la cabeza con la fuerza de un oso pardo. Tenía la boca tan seca que los labios se pegaban como el velcro y no me permitían lamentarme en voz alta. Yo no suelo beber mucho cuando salgo de fiesta, pero, cuando llega el Carnaval, sí que me permito relajarme un poco en este sentido. En cualquier caso, me había pasado tres pueblos esta vez. No me acordaba ni de cómo había podido volver a casa en este estado y todas las imágenes que pasaban por mi cabeza se desfiguraban absorbidas por flashes de luz. Me sentía muy mal y ya no sólo físicamente, sino porque también estaba preocupada dudando si había hecho algo malo durante la borrachera.

Cuando fui capaz de abrir los ojos y sentarme en la cama, tardé un par de minutos en darme cuenta de que mi marido no estaba. Normal, pasando ya el mediodía. Llevábamos ocho años de casados y lo cierto es que nunca destacó por ser un hombre detallista. Más bien todo lo contrario, por lo que me sorprendió ver la mesita de noche de ese domingo. Ahí había un vaso de agua y unas pastillas para el dolor de cabeza. Al lado del vaso, dos rosas blancas, que son mis favoritas. Me levanté desorientada y me acerqué al armario para vestirme con la ropa de andar por casa. Aun más desconcertada, vi que esta se encontraba perfectamente doblada en la silla del dormitorio, preparada con mimo para mí. Cuando salí del cuarto y empecé a arrastrar los pies como un zombi, me percaté que toda la casa estaba limpia y arreglada. Sin duda, alguien acababa de coger el plumero y la fregona y, para más extrañeza, la mesa del salón había desaparecido. Me tomé un par de pastillas con el agua del grifo del baño, pero mientras las tragaba me quedé de piedra al verme en el espejo. Aparte de los ojos como un oso panda deforme debido al maquillaje corrido, tenía un morado del tamaño de una berenjena. Además, en la esquina del propio espejo había una nota de mi marido pegada. Corazones de varios colores pintados y flores tremendamente mal dibujadas acompañando al siguiente texto: “Buenos días, Yaiza, mi princesa guanche. El desayuno está en la mesa de la cocina. Me fui temprano al mercado para poder cocinarte tu comida preferida esta noche. Te amo con el ímpetu del viento”. Corriendo como una gacela aterrorizada volé de vuelta al dormitorio para coger la agenda y buscar el número de Loli para llamarla. Necesitaba saber cuanto antes qué demonios había pasado la noche anterior.

Loli me lo explicó todo, o casi todo. Al menos hasta que me dejó en el portal de casa. Hacía dos años, en 1989, la temática del Carnaval de Santa Cruz de Tenerife se encomendaba al Antiguo Egipto y nuestro recuerdo de las fiestas no podía ser mejor. Las dos, disfrazadas de Cleopatra, convencimos a nuestros amigos para que nos portearan en el aire como si fuésemos reinas. Había que repetir la experiencia y salimos a la calle con las expectativas bien altas. Este año, el motivo de las carnestolendas era el Espacio y ahí que engatusé a mi amiga para disfrazarnos de cantantes con pinta de extraterrestre. Una propuesta discutible de muchas maneras, pero el Carnaval funciona así. Loli se hizo con un traje púrpura de pantalón y chaqueta colmados de lentejuelas y con unas gafas enormes con forma de corazón. Yo, con un traje mono de color blanco y un rayo rojo atravesándome la cara con pintura. Éramos Elton John y David Bowie dispuestas a bailar y reír hasta que el cuerpo aguantara.

De lo que sí me acordaba era de las cervezas que nos tomamos en un ventorillo al que vamos todos los años. De hecho, es nuestra tradicional primera parada para poder hablar un poco antes de que suban los decibelios. Para nuestra fortuna, por allí pasó un grupo de diez chicos que iban disfrazados de loros, cada uno de un color diferente, pero todos con pico, cresta, cola y alas. Transportaban muy alegres una jaula gigante que habían fabricado ellos mismos utilizando quince carros de supermercado. Obviamente, ellos iban dentro y se hacían hueco calle abajo dejando girar las ruedas de su construcción. Obviamente, había varios supermercados que echaban de menos algunos carros. Nos cayeron tan bien que nos metimos con ellos en la jaula y cantamos como loros hambrientos. A cualquiera que nos pedía entrar en la jaula o simplemente se acercara, le cantábamos más fuerte y más desafinado aun. Fue graciosísimo. Al menos, el último recuerdo que conservo fue divertido, porque al despedirnos de los hombres pájaro empezó nuestra arrasadora ruta de chupitos.

A partir de ahora, la historia sale de la boca de mi amiga Loli, a la que tampoco sentí muy convencida, la verdad. Por lo visto, me enfadé bastante con un grupo de pulpos rosas que no entendían nuestro disfraz. Antes de explicárselo educadamente, preferí gritarles mostrando mis colmillos como sólo mi hermano mayor había visto hasta entonces. Loli tuvo que hacer algo porque acabaron alzando los tentáculos chillones y brindando todos juntos con nosotras. Chupito. Luego, sin frenos ni filtro alguno, nos acercamos a prácticamente acosar a una dinosauria de esas con dos crestas monstruosas a ambos lados de la cara. Al parecer, a la tímida joven no le dejamos pronunciar ni una palabra porque esos dos acordeones que le salían de la cabeza nos tenían fascinadas. Chupito. A un chewbacca de apenas metro y medio le pedí que me escribiera la dirección de mi casa en el brazo. Chupito. Loli me cuenta también que, en un momento dado, discutimos airadamente por una chorrada sin importancia y tuvimos que pedir la mediación de una estatua moái que pasaba por allí. Chupito.

Cuando una empieza a sentir la llamada de la naturaleza que te berrea “soy la reina de la jungla”, es el momento de parar y quedarse tranquilita. Pero qué difícil es. Sin embargo, de lo que menos me avergüenzo de la etílica reconstrucción de los hechos es de los bailoteos que nos echamos con cuatro chavales guiris que aseguraban ir disfrazados del grupo U2, con Bono a la cabeza. Me afirma Loli que se lo habían currado tanto que hasta llevaban a amigos ejerciendo de fotógrafos con los focos a cuestas. Todo esto me cuadra ya que las únicas imágenes grabadas en mi memoria estaban envueltas en flashes y más flashes. Con Bono bailé salsa durante casi dos horas, aunque el chaval no soltaba las cervezas que le iban trayendo sus colegas. El chico sudaba como un pollo y bailaba muy tieso, pero le ponía muchas ganas. La escena debía de ser hilarante desde otra óptica: un David Bowie sandunguero y un Bono patizambo bailando agarrados a ritmo de salsa y bachata. De la hilaridad pasó a la lástima cuando al joven con gafas de sol le dio por darme vueltas y mi estómago se manifestó a través de mi boca. De eso sí que me avergüenzo. Menos mal que no lo recuerdo. Evidentemente, Loli decidió por mí y observó que era la ocasión ideal para meternos en un taxi rumbo a mi cama. Al pobre muchacho lo dejamos atrás con cara de circunstancias al haber tenido que verme sacar lo peor de mi interior.

Los misterios de mi ojo morado y del extrañísimo trato de mi marido continuaban sin revelarse y mi resaca necesitaba toneladas de hidratos de carbono, por lo que colgué el teléfono y recorrí el pasillo hasta la cocina. El desayuno estaba en la mesa, tal como prometía la nota en el espejo. Huevos revueltos con taquitos de jamón serrano, tostadas con aguacate, café recién hecho y la edición vespertina del periódico. Como soy de esas personas a las que les gusta leer la prensa de atrás hacia delante, pronto ya estaba en la sección de sociedad. Complicado de olvidar la sensación de atragantamiento que sufrí al leer allí eso de:

“El grupo irlandés U2, una de las formaciones musicales más cotizadas del pop actual, ha visitado Canarias durante dos semanas para descansar y preparar un nuevo disco, que se grabará en Dublín el próximo mes (…) Bono y los otros componentes del cuarteto disfrutaron del Carnaval de Santa Cruz de Tenerife mezclándose entre la muchedumbre. El líder de la banda reveló que había bailado a ritmo de salsa con una joven canaria. “Las mujeres aquí son muy guapas”, indicó en un perfecto castellano. De vuelta al hotel, escribió varias canciones que podría incluir en su próximo disco, cuya salida al mercado está prevista para mediados de año. Bono asegura que los canarios le han inspirado e incluso aprovechó su incursión en la fiesta para sacar fotos y vídeos para el futuro”

Cómo no, uno de aquellos flashes que me atormentaban desde que me había despertado sirvió como iluminación perfecta para la foto que ilustraba el texto, con mi mandíbula desencajada y los ojos igual que los de un perro al que se le reflejan los faros de un coche. El guiri no llevaba ningún disfraz. Madre mía. Todavía no había acabado de leer la página cuando Ayoze, mi hijo de ocho años, entró a la cocina. Le pregunté – Mi niño, ¿Sabes lo que pasó anoche cuando llegué? Ayoze contestó como si la respuesta fuera de lo más normal -Pues llegaste a las cinco de la mañana y estabas súper borracha. Te caíste encima de la mesa del salón y la rompiste. Luego vomitaste todo el pasillo y te chocaste con la puerta de tu cuarto, por eso tendrás el ojo morado, me imagino. Luego de este espanto de explicación, seguí interrogando -Vale… ¿Pero entonces por qué está todo tan limpio y arreglado en casa, me han regalado unas rosas blancas, el desayuno está listo y tu padre ha salido al mercado para cocinarme por primera vez en años? Ayoze, encogiéndose de hombros, sentenció -Ah, sí, eso… Sí, sí, porque cuando papá te llevó a la cama y te quitó la ropa, tú gritaste: ¡Déjame en paz, soy una mujer casada!

SOBRE EL AUTOR

Eduardo Santana es un gestor cultural grancanario afincado en Madrid y con experiencia en centros de artes escénicas en ambos lados del Atlántico. Con frecuencia semanal, nos zambullirá en la realidad del archipiélago utilizando a relevantes personajes de la cultura como pretexto.

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