André Breton, un vestido de mujer y el tajinaste rojo del Teide

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‘Aislados’ viaja al pasado para inmortalizarlo. El autor decide qué extraer del anonimato para conseguir que los personajes intrahistóricos continúen vivos en el recuerdo de los lectores. El retrato de un lugar y un momento de Canarias en el que los protagonistas tienen solo nombres propios y no apellidos.

Aquellos hombres habían sido detenidos casi desde el inicio del golpe militar y deportados inmediatamente a territorio saharaui, donde arribarían en agosto de 1936. Dajla, también conocida como Villa Cisneros, fue la última ciudad del Sáhara donde ondeó la bandera española y hasta ahí los llevaron. Desde un principio, los canarios tuvieron claro cuál era el status quo de la nueva situación, pues desde el estallido del conflicto empezaron las detenciones, los encarcelamientos y las muertes de los progresistas más notorios de Tenerife. Antes de ser transportado a tierras africanas, Pedro había estado cautivo en uno de los barcos que atracaban en la bahía de Santa Cruz a modo de prisiones flotantes. El resto de la cuadrilla de intelectuales de vanguardia a la que pertenecía había corrido distinta suerte. Mientras otros fueron también apresados, algunos fueron arrojados al mar enfundados en un saco con piedras.

Desde su llegada a Villa Cisneros, Pedro permaneció incomunicado con el exterior y las noticias de los acontecimientos de la guerra se filtraban como se filtra el agua a través del metal. Desnutrido y con el agua suficiente para no desfallecer, aguardaba la sentencia de su destino mientras era empleado en trabajos forzados alrededor del fuerte. Pasaba las noches en una jaima, una de esas tiendas de campaña propias del pueblo bereber, y sus compañeros de infortunio eran maestros, médicos, cargos políticos electos, obreros o abogados. Pedro era poeta y su compromiso político era bien conocido por todos. Nunca dejaba de escribir y las inclemencias del desierto no lo iban a impedir.

Con anterioridad, en febrero de 1932, y junto las mejores firmas de la progresía canaria, el poeta había lanzado una publicación de carácter mensual con el minúsculo nombre de “gaceta de arte”. En sus páginas, aparte de su poemario, se le pudo leer reflexionando sobre temas tan variados como la arquitectura con finalidad social, los rasgos peculiares de la creación cultural de Canarias, la dialéctica entre abstracción racionalista y función biológica o la promoción encarnada del pujante movimiento surrealista en la literatura de vanguardia. Con ánimos de tener trascendencia internacional, su principal cometido era la de ayudar a una nueva posición occidentalista del país. Movidos por el entusiasmo ideológico y una ambición inédita, todo el equipo de la revista se lanzó al vacío en una empresa que acabó germinando en un acontecimiento cultural de magnitud mundial, la Segunda Exposición Surrealista.

Con regularidad, algunos de los desterrados en Villa Cisneros eran trasladados a Tenerife para ser juzgados por tribunales militares. De algunos no se volvía a saber nada más, pero las oscuras nuevas sobre las ejecuciones de otros hacían que la angustia de Pedro fuera ahondando con el paso de los meses. El temor al fusilamiento mantenía a Pedro y al resto de reclusos en alerta constante anhelando la ansiada fuga. Los canarios eran vigilados por una unidad de tropas saharaui al servicio del ejército español que tuvo que ser sustituida en una eventualidad por un destacamento venido desde el propio archipiélago. Pese a las limitaciones de contacto, una evidente mayoría de los soldados comenzaron a entrever a Pedro y al resto sus simpatías a través de gestos disimulados como alzar los puños al cruzarse. Si ya se estaban fraguando planes de fuga, la camaradería que enseguida se forjó entre los presos y los nuevos vigilantes significó un empujón a la conspiración de huida.

En mayo de 1935, un año antes del destierro en Villa Cisneros, Pedro y sus eruditos colegas de gaceta de arte habían convencido a André Breton para celebrar en Santa Cruz de Tenerife una exposición sin precedentes en todo el país. Breton era el promotor y teórico principal del Surrealismo, un movimiento artístico surgido en el contexto de las vanguardias y que entronaba la conexión entre el inconsciente y el mundo exterior. En propias palabras de André Breton, “un dictado de la mente”. Con el artista francés vinieron obras de Picasso, Dalí, Magritte, Tanguy, Duchamp, Ernst, De Chirico, Giacometti, Ray o Maar. Obras de lo más granado del momento y que se exponen en la actualidad en museos de primera línea. Para recuperar el dinero invertido en el evento, los organizadores programaron la proyección de la película La Edad de Oro de Buñuel, ejemplo claro del surrealismo cinematográfico. Tachada de pornográfica, inmoral y anticlerical, el Gobernador Civil acabó prohibiendo su exhibición y los promotores estuvieron pagando de su bolsillo tan aventurada locura hasta mediados los años cuarenta. Aunque la exposición tuvo una gran proyección internacional, el eco del paso de Breton y los surrealistas fue inapreciable en Canarias. Pedro y su camarilla estaban muy adelantados.

En Villa Cisneros se había pactado que solo unos pocos presos y soldados serían los ejecutores del plan de evasión del que luego se verían beneficiados todos. En marzo de 1937, siete meses después de la llegada de Pedro, se presentó la mejor oportunidad para escapar y no fue desaprovechada. Dos horas antes de la llegada del barco que traía suministros, empezaron los movimientos. Antes de nada, los militares conjurados procedieron a desarmar a sus compañeros que no estaban al tanto de la fuga, aunque casi todos se unieron a posteriori. Cuando el oficial responsable del fuerte se percató del motín, inició un tiroteo que le costó la vida a uno de los soldados y a él mismo. El operativo de la evasión se adueñó de esa construcción en medio del desierto y destruyó la antena de radio que servía para comunicarse con Canarias. En una rápida y limpia de sangre operación, los fugados subieron al barco y tomaron el control con la complicidad de la tripulación. Una vez todos a bordo, pusieron rumbo a Dakar, capital de la colonia francesa de Senegal, desde donde la mayoría tenía pensado partir hacia París o Marsella. El barco navegó distanciado de las rutas marítimas habituales, con las luces apagadas, a toda máquina y con las ametralladoras apuntando al cielo. Después de tres días de navegación sin descanso, el barco de Pedro atracó en el puerto de Dakar bajo una improvisada bandera republicana tejida con los vestidos de una pasajera, izada en el mástil.

El paisaje y la luz de Tenerife causaron una literata impresión en Breton, tal como él mismo recoge en las páginas de su libro El castillo estrellado, donde recrea su estancia en la isla y en el que describe al pico Teide como “el inmenso vestíbulo del amor físico tal como desearíamos vivirlo sin recomienzo”. El francés se echaba al suelo en los caminos del Teide y preguntaba a Pedro y los suyos sobre la flora que lograba sobrevivir irreductiblemente en esos parajes. Ninguno sabía qué responderle. A su bajada de la gran montaña, cruzar la frontera que marca el mar de nubes supuso una revelación para Breton. Las nubes apretadas, uniformes y aislantes eran como un sueño hecho realidad física. Separaban y conectaban dos mundos. “Tenerife es la isla surrealista”, afirmó con el índice apuntando al cielo. No hubo nadie interesado en adquirir las obras que se expusieron y estas abandonaron Tenerife tal como vinieron. Breton volvió a París en un buque platanero. A Pedro le quedaba sólo un año de libertad política, porque la creativa nunca fue coartada.

Desde Francia, Pedro entró en España de nuevo para enrolarse en el frente republicano de Andalucía. Realizó labores de inteligencia militar y sirvió como Jefe del Destacamento de Jaén. En marzo de 1939 es apresado por el bando nacional y permanece entre rejas hasta diciembre de 1945. En los lúgubres años de posguerra, con el grupo de vanguardia disuelto y la férrea censura al acecho, Pedro se liberó de las exigencias de la lógica y la razón para ir más allá de la conciencia cotidiana que inundaba España en el terror. De esta manera, expresaba el mundo del inconsciente y de los sueños, el único donde los canarios y españoles podrían sentirse seguros durante mucho tiempo. Ninguno de estos poemas fue publicado durante la Dictadura. Un exilio interior. Pedro se convirtió en maestro de jóvenes escritores y vivió con suma ilusión los años de transición a la democracia dando conferencias y compartiendo relatos y textos críticos. Nacido en La Gomera, criado en Tenerife y con la mente siempre superando las limitaciones físicas, no cejó en su empeño de integrar social y políticamente a los canarios en los movimientos culturales, sociales y científicos más allá de las fronteras nacionales. A la vanguardia. A Pedro, con sus dos apellidos, le recordamos hoy como una de las más grandes figuras de las Letras Canarias.

SOBRE EL AUTOR

Eduardo Santana es un gestor cultural grancanario afincado en Madrid y con experiencia en centros de artes escénicas en ambos lados del Atlántico. Con frecuencia semanal, nos zambullirá en la realidad del archipiélago utilizando a relevantes personajes de la cultura como pretexto.

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