Alexander von Humboldt, rosarios y piedras de hielo

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‘Aislados’viaja al pasado para inmortalizarlo. El autor decide qué extraer del anonimato para conseguir que los personajes intrahistóricos continúen vivos en el recuerdo de los lectores. El retrato de un lugar y un momento de Canarias en el que los protagonistas tienen solo nombres propios y no apellidos.

Lo que más destacaba a primera vista de La Capitana era su tez morena, tan oscura como la tierra de las faldas del volcán que se atisbaba desde casi cualquier parte de la isla. Resaltaba por una altura notable y por un talle delgado y bien proporcionado. Era la más guapa, y, sin embargo, mayor que el resto de las mujeres. Además, iba siempre muy mal vestida, con jirones de tela sucios y ropajes de difícil combinación. La Capitana era la mandamás escogida por sus compañeras para ser representadas frente a los numerosos hombres que arribaban a Santa Cruz de Tenerife. En aquella época de graves desigualdades, el puerto santacrucero era considerado un lugar de vida libertina y hábitos desvergonzados como consecuencia de la masiva llegada de viajeros marítimos provenientes del continente europeo. Siendo el puerto más importante del archipiélago por entonces, la prostitución no dejaba de ser el encuentro de la miseria de unas y el vicio de otros. Como líder de la desdicha, se erigía La Capitana.

Antropología, física, zoología, climatología, astronomía, etnografía, botánica, vulcanología, geografía, geología, oceanografía y humanismo. En todas estas ciencias acabó versado Alexander von Humboldt al final de sus días, aunque cuando llegó a Canarias en 1799, con todavía veintinueve años, ya era un adelantado a su tiempo y un visionario en las técnicas de estudio del medio natural. Es más, desde que su figura desapareció, ningún naturalista se ha igualado en parangón. En aquel contexto histórico, el interés por los nuevos horizontes se había apoderado de todas las cortes y gobiernos europeos que a la postre facilitaron las travesías a los viajeros. Estos popularizaron la redacción de los relatos de viaje y los informes científicos que difundieron el conocimiento y descubrimiento de nuevas tierras y pueblos. Así que atracó Humboldt en la isla de La Graciosa creyendo que era Lanzarote para luego pasar seis días en el valle de La Orotava, en Tenerife.

“¡Qué suerte esta! Pierdo la cabeza de alegría. Parto con la fragata española Pizarro; hemos de hacer escala en las Islas Canarias y arribar en la costa de Venezuela y Sudamérica. ¡Qué tesoro de observaciones me esperan…!”

En la conquista, trescientos años antes, las clases dominantes locales pactaron o fueron sometidas por el expansionismo castellano, siendo Canarias así una de las primeras colonias de la época moderna y considerada también por muchos como el laboratorio de América. Muchos empresarios extranjeros aprovecharon el potencial comercial por explotar del territorio y la pronta colonización imprimió al tejido social un carácter muy medieval que duró siglos. El peso de la propiedad de la tierra y del modo de producción feudal directamente vinculado a la servidumbre fue la norma hasta la primera mitad del siglo XX. De hecho, esta explotación feudal y la emigración provocó el abandono de muchas mujeres canarias que se vieron forzadas a ejercer la prostitución como única vía de sustento. Cuando Humboldt desembarcó de su fragata, La Capitana fue la primera persona a la que vio.

En el camino del muelle, seguían a La Capitana otras mujeres con vestimentas y ánimos afectivos similares. Con ahínco, todas ellas solicitaban permiso para subir a bordo de los barcos que iban arribando. En el caso de la embarcación que trajo a Humboldt, esta venia no se les concedió. La Capitana era una mujer carismática y conocida por todos en la ciudad. Ejercía una gran autoridad sobre sus compañeras, que la habían elegido no sólo como su jefa, sino también como a lo más parecido a una madama. Aparte de velar por que todas las mujeres tuvieran trabajo, vigilaba a todos los marineros para que regresaran a bordo a las horas que se les había señalado. De la misma forma, los oficiales acudían a ella cuando temían que algún miembro de la tripulación se había escondido para desertar. En definitiva, asistía en todo lo que pudiera perjudicar el servicio de los navíos.

Para Humboldt, los rasgos físicos de La Capitana eran susceptibles de ser definidos por muchos adjetivos, pero permanecían ajenos a los que una vez fueron singulares de la raza guanche. Para él, esta raza llevaba extinguida desde hacía doscientos años como consecuencia de la unión entre los colonos y los indígenas. Razonó el científico alemán que los morenos guanches que una vez poblaron las islas se habían visto erradicados debido al comercio de esclavos, los saqueos piratas y, sobre todo, la extensa matanza ejecutada al término del proceso de conquista. En la oxidada sociedad feudal que conoció Humboldt, y que tan poco le gustó, las familias adineradas de Tenerife presumían de linaje y se sentían ofendidas si se les emparentaba como descendientes de los indígenas canarios.

Es cierto que el mayor hito de la ilustre visita del prusiano fueron sus escritos y dibujos sobre la naturaleza física de la isla, pero su aproximación humanística de la ciencia le hizo dirigir la mirada a los diferentes estratos de la sociedad que le acogió durante una semana. No le extrañó la figura de La Capitana ni la implantación de la prostitución en Santa Cruz de Tenerife, ya que era normal en un puerto tan frecuentado por viajeros continentales, pero sí que le llamó la atención el uso del pico Teide por parte los jornaleros más pobres para conseguir unos ingresos adicionales. Se identificaban como hombres pobres que trabajaban las propiedades de las pocas familias terratenientes y a los que su salario no les llegaba para alimentar a sus familias. Se sabe de la decepción de Humboldt con los guías locales en el volcán, tachándolos de perezosos y desganados. En nada se parecían a “esos guanches de quienes se decía que atrapaban un conejo o una cabra salvaje a la carrera”. Para más inri, sospechaba que ninguno de ellos jamás había coronado el Teide y que tampoco tenían mucha intención de ello. Por último, les acusaba de beberse a escondidas el vino que le pertenecía y de desechar por las laderas las muestras de rocas que iban recolectando para ir más ligeros.

Otros recursos que proveía el Teide eran el hielo y la nieve que cubrían el volcán en los meses de invierno. Luego, en los meses más calurosos, los pastores y campesinos ascendían a la montaña antes del despuntar del alba y transportaban esta mercancía en canastas llevadas por burros y mulas. Cómo no, buscaban los atajos más cortos y evitaban la salida del sol para evitar que se derritiera. Una vez descendido el Teide, vendían la carga en forma de piedras a la nobleza local para que pudieran mezclarla con el vino para refrescarlo. A los hombres que subsistían con esta práctica se les llamaba neveros.

En este panorama, la posición de las mujeres era indiscutiblemente muy frágil, ya que incluso jurídicamente les estaba vedado el acceso a cualquier oficio tradicionalmente vinculado al hombre. Se les recluía a moverse en el estrecho margen que restringían las leyes, la moralidad y la necesidad de supervivencia. Entre tanto, dentro de un mundo hostil para ellas, la necesidad de organizarse les proporcionaba amparo y fomentaba una sororidad que permitía a las más novatas adaptarse a este oscuro mundo de carencias. Dado el gran número de mujeres abocadas a la prostitución, la competitividad entre ellas originaba estas organizaciones para proteger el negocio. Curioso era cómo las mujeres al abrigo de La Capitana portaban un rosario al mismo tiempo que ofrecían sus servicios a los hombres, lo cual se justificaba en la medida en que la Iglesia prohibía el uso de símbolos religiosos a las prostitutas. Así pretendían pasar desapercibidas. Mientras fuera así, se hacía la vista gorda. Habiendo sido en su mayoría mujeres abandonadas por sus maridos, no permitiéndoseles buscarse la vida en oficios tradicionales y hundidas en la pobreza, a La Capitana y sus compañeras se las denominaba como “mujeres hipócritas”, “mujeres de vida airada” o “petimetras”. Para ellas, las instituciones crearon las llamadas Casas de Mujeres Arrepentidas, donde se les daba cobijo, y la inmundicia representaba un problema menor que el del completo aislamiento social.

Humboldt cumplió el sueño de su vida haciendo su primer gran viaje para adquirir los conocimientos científicos y culturales que le permitieron elaborar el corpus de sus teorías. Mientras su más cercano colaborador mantenía que la prostitución era un servicio social necesario y que la ecuanimidad de la tripulación en tan largas travesías se debía en buena medida a ciertas escalas amorosas, Humboldt compartía que lo que debía diferenciar al ser humano de los animales era el dominio de sus pasiones, saber convertir esa energía irracional en ejercicios del intelecto. Fue muy importante para él la constitución social de la población canaria y su interacción con el ambiente. Si escribió de ello fue precisamente para denunciar una situación que, pensaba, debía ser cambiada. A pesar de todo, el científico quedó fascinado por las maravillas naturales de Tenerife. Todo puede ser tan ideal y tan sombrío como queramos si dirigimos la mirada a lo que nos interesa.

“¡Qué espectáculo!¡Qué gozo! Me voy casi en lágrimas; me hubiera gustado establecerme aquí;
y apenas acabo de dejar la tierra de Europa ¡Si tú pudieras ver esos campos, esos seculares
bosques de laureles, esos viñedos, esas rosas! ¡Aquí se engordan los cerdos con duraznos! Todas
las calles hormiguean de camellos.”

SOBRE EL AUTOR

Eduardo Santana es un gestor cultural grancanario afincado en Madrid y con experiencia en centros de artes escénicas en ambos lados del Atlántico. Con frecuencia semanal, nos zambullirá en la realidad del archipiélago utilizando a relevantes personajes de la cultura como pretexto.

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